Lo mejor de la poesía española

ESCUELA

Un recorrido por las obras en verso más celebradas de nuestra literatura

23 ene 2013 . Actualizado a las 13:53 h.

Esta es la cuarta entrega de un viaje por la mejor poesía de la literatura española que nos acompañará durante todo el curso. Una vez al mes traemos a estas páginas poemas que figuran entre los más celebrados de las letras castellanas. Aquí te irás encontrando con esos poemas de los que no solo debemos conocer el nombre de sus autores, sino que también sería bueno recordar algunos de sus versos y estrofas, porque han pasado ya a las páginas de oro de la literatura universal.

Para que este recorrido sea más fructífero, proponemos un sencillo método de trabajo en la clase de Lengua y literatura castellana:

1. Leemos, uno a uno, todos los poemas.

2. Escogemos el que más nos haya gustado, por la razón que sea: por su contenido, por su forma, por ambas cosas a la vez, etcétera.

3. Lo copiamos en el cuaderno de Lengua.

4. Analizamos la rima del poema (asonante, consonante o libre).

5. Analizamos la medida de los versos y las figuras literarias que conozcamos.

6. Explicamos cuál es el tema principal o el contenido del poema.

7. Leemos el poema varias veces hasta aprenderlo. Después, siguiendo las indicaciones del profesor, lo recitamos en clase.

8. Recogemos información sobre los autores de estos poemas y redactamos un breve informe sobre cada uno. Se puede utilizar el libro de texto de Lengua Castellana y Literatura o recurrir a Internet.

1. ROMERO SÓLO...

León Felipe

(1884-1968)

Poema enorme, que aúna brillantez y profundidad de pensamiento. De lo mejor del gran poeta santanderino, exiliado después de la Guerra Civil en México.

Ser en la vida romero,

romero sólo que cruza siempre por

[caminos nuevos.

Ser en la vida romero,

sin más oficio, sin otro nombre y sin pueblo.

Ser en la vida romero, romero..., sólo

[romero.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma

[ni en el cuerpo,

pasar por todo una vez, una vez sólo y

[ligero,

ligero, siempre ligero.

Que no se acostumbre el pie a pisar el

[mismo suelo,

ni el tablado de la farsa, ni la losa de

[los templos

para que nunca recemos

como el sacristán los rezos,

ni como el cómico viejo

digamos los versos.

La mano ociosa es quien tiene más fino

[el tacto en los dedos,

decía el príncipe Hamlet, viendo

cómo cavaba una fosa y cantaba al mismo

[tiempo

un sepulturero.

No sabiendo los oficios los haremos con

[respeto.

Para enterrar a los muertos

como debemos

cualquiera sirve, cualquiera... menos un

[sepulturero.

Un día todos sabemos

hacer justicia. Tan bien como el rey hebreo

la hizo Sancho el escudero

y el villano Pedro Crespo.

Que no hagan callo las cosas ni en el alma

[ni en el cuerpo.

Pasar por todo una vez, una vez sólo y

[ligero,

ligero, siempre ligero.

Sensibles a todo viento

y bajo todos los cielos,

poetas, nunca cantemos

la vida de un mismo pueblo

ni la flor de un solo huerto.

Que sean todos los pueblos

y todos los huertos nuestros.

2. ROMANCE

Luis de Góngora y Argote

(1561-1627)

El Góngora más barroco y culterano se vuelve transparente y próximo en estos romances sencillos y brillantes.

Entre los sueltos caballos

de los vencidos Zenetes,

que por el campo buscaban,

entre lo rojo lo verde,

aquel español de Orán

un suelto caballo prende,

por sus relinchos lozano

y por sus cernejas fuerte

para que lo lleve a él

y a un moro cautivo lleve,

que es uno que ha cautivado,

capitán de cien Zenetes.

En el ligero caballo

suben ambos, y él parece

de cuatro espuelas herido,

que cuatro vientos lo mueven.

Triste camina al alarbe,

y lo más bajo que puede

ardientes suspiros lanza

y amargas lágrimas vierte.

Admirado el español

de ver cada vez que vuelve

que tan tiernamente llore

quien tan duramente hiere,

con razones le pregunta,

comedidas y corteses,

de sus suspiros la causa,

si la causa lo consiente.

El cautivo como tal,

sin excusarlo obedece,

y a su piadosa demanda

satisface desta suerte:

«Valiente eres capitán,

y cortés como valiente,

por tu espada y por tu trato

me has cautivado dos veces.

«Preguntado me has la causa

de mis suspiros ardientes,

y débote la respuesta

por quien soy y por quien eres

«Yo nací en Gelves el año

que os perdisteis en los Gelves,

de una berberisca noble

y de un turco mata-siete.

«En Tremecén me crié

con mi madre y mis parientes

después que murió mi padre,

corsario de tres bajeles.

Junto a mi casa vivía

porque más cerca muriese,

una dama del linaje

de los noble Melioneses.

«Extremo de las hermosas,

cuando no de las crueles,

hija al fin de estas arenas

engendradoras de sierpes.

«Era tal su hermosura,

que se hallarían claveles

más ciertos en sus dos labios

que en los dos floridos meses.

«Cada vez que la miraba

salía el sol por su frente,

de tantos rayos vestido

cuantos cabellos contiene.

«Juntos así nos criamos,

y Amor en nuestras niñeces

hirió nuestros corazones

con arpones diferentes.

«Labró el oro en mis entrañas

dulces lazos, tiernas redes,

mientras el plomo en las suyas

libertades y desdenes.

«Mas, ya la razón sujeta,

con palabras me requiere

que su crueldad perdone

y de su beldad me acuerde;

«y apenas vide trocada

la dureza de esta sierpe,

cuando tú me cautivaste:

mira si es bien que lamente.

«Esta, español es la causa

que a llanto pudo moverme;

mira si es razón que llore

tantos males juntamente»

Conmovido el capitán

de las lágrimas que vierte,

parando el veloz caballo,

que paren sus males quiere.

«Gallardo moro, le dice,

si adoras como refieres,

y si como dices amas,

dichosamente padeces.

«¿Quién pudiera imaginar

viendo tus golpes tan crueles,

que cupiera alma tan tierna

en pecho tan duro y fuerte?.

«Si eres del Amor cautivo,

desde aquí puedes volverte;

que me pedirán por robo

lo que entendí que era suerte.

«Y no quiero por rescate

que tu dama me presente

ni las alfombras más finas

ni las granas más alegres.

«Anda con Dios, sufre y ama,

y vivirás si lo hicieres,

con tal que cuando la veas

pido que de mí te acuerdes,»

Apeóse del caballo,

y el moro tras él desciende,

y por el suelo postrado,

la boca a sus pies ofrece.

«Vivas mil años, le dice,

noble capitán valiente,

que ganas más con librarme

que ganaste con prenderme.

«Alá se quede contigo

y te dé victoria siempre

para que extiendas tu fama

con hechos tan excelentes.»

3. AMOR CONSTANTE MÁS ALLÁ DE LA MUERTE

Francisco de Quevedo

(1580-1645)

Quizá uno de los poemas más estudiados y diseccionados de todo el caudal poético de un portentoso Quevedo.

Cerrar podrá mis ojos la postrera

sombra que me llevare el blanco día,

y podrá desatar esta alma mía

hora a su afán ansioso lisonjera;

mas no, de esotra parte, en la ribera,

dejará la memoria en donde ardía:

nadar sabe mi llama la agua fría,

y perder el respeto a ley severa.

Alma a quien todo un dios prisión ha sido,

venas que humor a tanto fuego han dado,

medulas que han gloriosamente ardido

su cuerpo dejará, no su cuidado;

serán ceniza, mas tendrá sentido;

polvo serán, mas polvo enamorado.

4. SONETO

Lope de Vega

(1562-1635)

Si Lope asombra por su capacidad para escribir obras de teatro, no menos nos maravilla su capacidad como poeta, en especial, su facilidad para las composiciones métricas clásicas, como el soneto.

Pastor, que con tus silbos amorosos

Me despertaste del profundo sueño;

Tú, que hiciste cayado dese leño

En que tiendes los brazos poderosos;

Vuelve los ojos a mi fe piadosos,

Pues te confieso por mi amor y dueño,

Y la palabra de seguirte empeño

Tus dulces silbos y tus pies hermosos.

Oye, Pastor que por amores mueres,

No te espante el rigor de mis pecados,

Pues tan amigo de rendidos eres;

Espera pues, y escucha mis cuidados;

Pero ¿cómo te digo que me esperes,

Si estás para esperar los pies clavados?

5. VOLVERÁN LAS OSCURAS GOLONDRINAS

Gustavo Adolfo Bécquer

(1836-1870)

Una rima de Bécquer es siempre muestra de delicadeza, de sencillez y de intensa melancolía. Esta es un buen ejemplo.

Volverán las oscuras golondrinas

en tu balcón sus nidos a colgar,

y, otra vez, con el ala a sus cristales

jugando llamarán;

pero aquéllas que el vuelo refrenaban

tu hermosura y mi dicha al contemplar,

aquéllas que aprendieron nuestros nombres...

ésas... ¡no volverán!

Volverán las tupidas madreselvas

de tu jardín las tapias a escalar,

y otra vez a la tarde, aun más hermosas,

sus flores se abrirán;

pero aquéllas, cuajadas de rocío,

cuyas gotas mirábamos temblar

y caer, como lágrimas del día...

ésas... ¡no volverán!

Volverán del amor en tus oídos

las palabras ardientes a sonar;

tu corazón, de su profundo sueño

tal vez despertará;

pero mudo y absorto y de rodillas,

como se adora a Dios ante su altar,

como yo te he querido..., desengáñate:

¡así no te querrán!

6. ODA A SALINAS

Fray Luis de León

(1527-1591)

Dirigida al músico Francisco Salinas, el poema responde a la idea platónica de que la música eleva el alma, predisponiéndola para el bien y la virtud.

El aire se serena

y viste de hermosura y luz no usada,

Salinas, cuando suena

la música extremada

por vuestra sabia mano gobernada.

A cuyo son divino

mi alma que en olvido está sumida,

torna a cobrar el tino,

y memoria perdida

de su origen primera esclarecida.

Y como se conoce,

en suerte y pensamientos se mejora;

el oro desconoce

que el vulgo vil adora,

la belleza caduca engañadora.

Traspasa el aire todo

hasta llegar a la más alta esfera,

y oye allí otro modo

de no perecedera

música, que es de todas la primera.

Ve cómo el gran Maestro

a aquesta inmensa cítara aplicado,

con movimiento diestro

produce el son sagrado

con que este eterno templo es sustentado.

Y como está compuesta

de números concordes,

luego envía consonante respuesta,

y entrambas a porfía

mezclan una dulcísima armonía.

Aquí la alma navega

por un mar de dulzura,

y finalmente en él así se anega,

que ningún accidente

extraño o peregrino oye y siente.

¡Oh desmayo dichoso!

¡oh muerte que das vida! ¡oh dulce olvido!

¡durase en tu reposo

sin ser restituido

jamás a aqueste bajo y vil sentido!

A este bien os llamo,

gloria del Apolíneo sacro coro,

amigo, a quien amo

sobre todo tesoro;

que todo lo demás es triste lloro.

¡Oh! suene de contino,

Salinas, vuestro son en mis oídos,

por quien al bien divino

despiertan los sentidos,

quedando a lo demás amortecidos.