Pasantías, ¿las nuevas niñeras?

La falta de conciliación y la exigencia de notas adelantan la edad de las clases extra

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Cuando llegan los exámenes finales es normal que los alumnos acudan en masa a las academias para mejorar sus notas. Pero también se da el caso, cada vez más frecuente, de jóvenes que van todo el año a clase de refuerzo, incluso si aprueban o son pequeños; hay estudios no académicos que cifran el volumen de estudiantes de academia en un 44 % del total de secundaria. Mónica Diz, orientadora en el IES Sardiñeira de A Coruña y bloguera (monicadizorienta.blogspot.com.es), cree que «hablando desde una percepción subjetiva, empiezan más pequeños a tener clases de refuerzo. Cuando llegan al instituto muchos traen un historial de pasantías». Bibiana Regueiro, investigadora del Grupo de Investigación en Psicología Educativa (Giped) de la UDC, comenzará en septiembre una estancia en California sobre este asunto y reconoce que «es imposible saber cuántos niños acuden a pasantía» en Galicia, pero sin duda es un número importante.

¿Por qué ocurre esto? ¿Es más difícil el temario ahora? ¿se explica peor? No parece que ninguna de esas sean las razones, pero quienes conocen de primera mano el asunto apuntan que no hay un solo motivo. Bibiana Regueiro, acostumbrada a trabajar con datos, no quiere aventurar hipótesis, pero baraja dos factores posibles: «Padres sobreprotectores e hiperocupados».

Es precisamente esto último el motivo que más repiten los maestros consultados, y hay quien va más allá: «A pasantía van los niños de clases acomodadas». Y no porque lo necesiten más sino porque «los padres trabajan y tienen menos tiempo, y paciencia». De hecho, algún docente alude a una razón casi inquietante: «Hay padres que nos dicen que ellos solo quieren estar bien con sus hijos, que están tan poco tiempo que no quieren tener que reñirles», y a veces conseguir que un niño se siente a hacer los deberes o aprenda una lección es motivo de discusión en la casa. 

Nuevas formas de aprender

Liliana Ferreiro, directora de una academia de A Coruña, reconoce que «en 22 años que llevamos sí hemos notado que ha aumentado el número de niños pequeños que vienen a clase». El trabajo de los padres es una de las principales causas, y también que «con los nuevos métodos de enseñanza, algunos padres están perdidos. Aquí vienen algunos niños de primero de primaria, e incluso de infantil [de 4 o 5 años] para que les enseñemos a leer, porque sus padres no se atreven al no conocer los métodos. Y eso no nos había pasado antes».

Tal vez la costumbre de tener ayuda fuera del aula hace que el alumno no atienda tanto en el colegio, descansándose en que después tendrá un profesor para él solo. Ferreiro discrepa: «No sé lo que ocurre en otros centros, pero nuestros alumnos hace años eran un poco así, que veías que no atendían en clase. Pero ahora vienen muchos con dudas, para repasar, para mejorar. Incluso hay algo de competitividad, y si traes la libreta vacía quedas mal».

La exigencia de notas es otro factor. «Si un niño saca un seis en Matemáticas de tercero de primaria -dice Mónica Diz- algunos padres están preocupados. Y un seis no es una mala nota, es hacer las cosas bien». El profesor de otro centro de apoyo, este en Vigo, reconoce que «el 80 % de los alumnos de bachillerato que tenemos vienen para subir nota», a veces porque la carrera que han elegido tiene notas de corte muy altas y otras veces porque «no saben qué hacer, pero quieren tener las máximas posibilidades». «Hay muchos alumnos -completa Liliana Ferreiro- que no se quieren conformar con un cinco, también porque las familias les han inculcado que tienen que hacer una carrera». Eso pasa sobre todo en secundaria, cuando «vienen a pasantía porque lo piden ellos. Les dicen a sus familias que necesitan ayuda en tal o cual materia, y los padres tampoco tienen el nivel necesario para estudiar con ellos».

A la imposibilidad de conciliar y a una mayor exigencia en las familias y de los propios alumnos se suma lo que algunos denominan la tiranía de los 15 temas (del libro). Mónica Diz cree que el profesor «está sometido a cumplir el libro, y no hay tiempo para asentar los conocimientos, para el aprendizaje experimental, que es más lento aunque más eficaz». Por eso, «se ha revitalizado el valor memorístico del alumno». 

Hacer una clase interesante

Enrique de la Torre, presidente de Agapema (Asociación Galega do Profesorado de Educación Matemática), deja claro que «siempre ha habido buenos profesores de Matemáticas», pero es cierto que hoy «hacer interesante una clase da mucho trabajo y es romper con todo lo que se hacía antes, es salirse del libro».

En un mundo en el que los jóvenes tienen otros intereses, De la Torre defiende el uso de nuevos materiales, y que los niños más pequeños aprendan con las matemáticas manipulativas o que usen las calculadoras en los últimos cursos de primaria. Tampoco ve lógico «utilizar fracciones más allá de las sumas básicas, no tiene ningún sentido». Frente a eso, Agapema propone enseñar la materia a través de los problemas, «el aprendizaje por descubrimiento es el más interesante», pero para conectar con los intereses del alumno «hay que darle muchas vueltas». Otra cuestión es que muchos profesores de primaria «escapan de las matemáticas, crean una barrera y eso se nota en clase», aunque, curiosamente, «todos sabemos matemáticas, incluso quienes no saben leer las usan».

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«Esas clases son un pequeño empujón, un plus»

Considera que el propio sistema educativo y las prisas de las familias hacen necesario ese refuerzo

cristina barral

Magdalena Giao, una madre pontevedresa, achaca al propio sistema educativo y a las «prisas» de la vida actual el hecho de que los escolares acudan a clases particulares a edades cada vez más tempranas. No cree que influyan para mal las nuevas tecnologías. En su caso, su hija Andrea, que tiene 11 años y cursa primero de la ESO en el colegio Calasancio de la ciudad, empezó a recibir sesiones de refuerzo en tercero de primaria. Una dificultad en el aprendizaje, hoy superada, fue el desencadenante. Pero desde entonces su hija sigue acudiendo a la misma pasantía. Aunque supone un desembolso de 130 euros al mes, entiende que ese esfuerzo económico es una inversión de futuro. «Esas clases son un pequeño empujón, un plus. Le ayudan a hacer esquemas y se centra más. Si se deja le cuesta coger el ritmo», cuenta. Andrea acude a esas clases particulares de diversas asignaturas tres tardes a la semana. Asiste una hora al día y solo descansa en verano. «Va después de comer para tener el resto de la tarde libre para sus cosas. Le gusta la pintura y la robótica», explica su madre. Magdalena, que de estudiante también fue a clases particulares, relata que su hijo Lucas, de 5 años, empezó este año para que le ayuden con el paso a primaria.

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