Parece que fue ayer, pero van 30 años...

Estudiantes de Salesianos de la promoción que remató en 1986 preparan el reencuentro con sus compañeros de colegio


ourense

¿Y si volviéramos a encontrarnos, bastantes años después, quienes en su día compartíamos aulas, patio y vivencias? ¿A quién no le ha rondado la idea, o lo ha comentado, a raíz de un encuentro inesperado, del hallazgo de una foto, o de cualquier otro chispazo imprevisto? Álvaro Garrido empezó a darle vueltas a la historia, encontró a antiguos compañeros, se pusieron a la faena y ya han conseguido reunir a noventa alumnos de Salesianos de la promoción que empezó en septiembre de 1974 y abandonó el colegio en junio de 1986. Tienen reservado el comedor principal del Sanmiguel para el día 28 de diciembre, esperan que la cifra de comensales ronde los 150 y andan con mil ojos con la esperanza de reunir a cuantos más, mejor. Lo que tienen claro los organizadores es que quieren a todo el mundo, en consonancia con el perfil de aquel alumnado.

María José López, por ejemplo, llegó a Salesianos en COU. Había hecho el bachillerato en Franciscanas. Los chicos con los chicos y las chicas con las chicas. Hasta que en COU se empezaron a abrir nuevos horizontes. Ella hubiera querido ir al instituto, pero en su casa decidieron que iba Salesianos. Y allá llegó María José con 17 años, «tímida y cortadísima», según ahora reconoce. Y aunque en la clase tenía compañeras a quienes conocía, y su hermana mayor ya había pasado por las mismas aulas y la misma experiencia, los primeros días fueron raros. Pero nada más. ¿Si la experiencia fue positiva? Sus hijos estudian allí, por lo que muy mal recuerdo no debe tener.

El caso de César Paz, otro de los armadanzas del encuentro de los treinta años, es diferente. Llegó a Salesianos en 5º de EGB, con diez años, en el curso 1979/80. Había estudiado en el colegio Niño Dios de la avenida de Portugal, donde solo era posible cursar hasta cuarto de EGB. «Recuerdo que me hicieron un examen, supongo que para ver qué nivel de estudios tenía, porque tal vez habría pocas plazas, no lo sé, pero me admitieron. Y la verdad es que me adapté perfectamente, no sentí que estuviera atrasado en relación con el resto de los compañeros», dice.

Coincidió estando su hermana en COU y sus hijos, más por razón de domicilio y comodidad, estudian en Franciscanas. ¿Contacto con los compañeros? Escaso. Amistad con muy pocos y relación de simple cortesía con algunos más. «Será emotivo, creo yo, volver a reunirte con quienes en algunos casos no has vuelto a ver en treinta años». Y hasta se podrá recuperar la charla con personas con quienes uno se puede cruzar por la calle, o coincidir en un bar, sin llegar a saludar por puro corte o por simples dudas, que no todo el mundo es buen fisonomista.

Álvaro Garrido empezó a dar vueltas a la historia y a trabajar en las bases de la reunión, consciente de que una situación como la que él vivió en el curso 1973/74 es imposible que se pudiera producir hoy en día. Hizo un curso «de propina», digamos, con su hermano un año mayor: tenía silla y pupitre, pero no tuvo notas. Simplemente estaba y al curso siguiente repitió. Mediopensionista, conserva un buen recuerdo de aquella época, en la que el campo de fútbol, donde pasaba horas y tardes, era la envidia de sus amigos de otros colegios. Entró con 5 años y salió con 18. Era «como mi segunda casa» en aquella etapa, en la que se compartían actividades y día a día con personas a las que, en muchos casos, demasiado, no ha vuelto a ver. «Será divertido, creo, encontrarnos de nuevo».

De estar juntos todos los días a dejar de verse y perder contacto, lamenta, ha sido un visto y no visto. Todos tienen cosas que contar y motivos para sonreír con los recuerdos. Si les ha pasado estos días, siendo solo cuatro, mientras preparan la reunión, qué no será cuando estén todos. Manuel Mosquera llegó a Salesianos desde el colegio público de A Carballeira. A ver qué pasaba. Quería ser cura. En su casa no les parecía una buena opción y encontraron una salida intermedia. «En vez de mandarme al seminario, mi padre me dijo que era mejor que fuera a estudiar a Salesianos para que fuera viendo cómo era aquello y que ya hablaríamos después». Nunca más se supo, aunque Manuel cree que daría un buen cura.

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