Discapacitados aunque muy eficaces

La tasa de empleo de las personas con minusvalías sigue estancado en niveles ínfimos, pese a las discretas mejoras


REDACCIÓN / LA VOZ

«Eu non quero ser ama de casa; non quero axudar». Conchi tiene 38 años y una discapacidad psíquica. Está casi lista para irrumpir en el mercado laboral y eso la tiene excitada. Está finalizando su preparación para entrar a trabajar en la limpieza de colegios en Carballo, una concesión que tiene el colectivo Aspaber. A Conchi solo le faltaba un empujón para dar el salto: el apoyo de su familia, alguien que la lleve y la traiga. Y ya lo tiene. Así que, posiblemente, cuando este reportaje se imprima, Conchi ya tendrá su empleo:

-¿Xa sabe canto vai a gañar?

-Non. Pero o que sexa será bo.

Conchi forma parte del colectivo con mayores problemas de empleabilidad: es una discapacitada, su discapacidad es psíquica, es mujer y vive en el medio rural. Su perfil la condena a hacer las tareas de casa y a cuidar de los dependientes, que es justamente lo que estaba haciendo y de lo que se quería liberar. Ahora tendrá su trabajo y su destino cambiará.

«No ha sido fácil», cuenta Dolores Fernández, presidenta de Aspaber, una asociación que lleva décadas intentando mejorar las posibilidades de empleabilidad entre el colectivo de discapacitados psíquicos de la Costa da Morte: «Pero la gente se ha ido dado cuenta a medida que iban viendo a los chicos en la calle haciendo su trabajo. Todos los días». Fue un concurso municipal para limpiar las calles de Carballo el que ganó Aspaber y que dio visibilidad a unos trabajadores insospechados, pero eficaces. Ahora, la asociación renueva con una cierta frecuencia su colaboración con los concellos de la zona para la limpieza de colegios y otros edificios administrativos en los que trabajan decenas de personas que antes se formaron en Aspaber. 

Estereotipos

En Cogami, el colectivo que agrupa a más asociaciones de discapacitados en Galicia, consiguieron cerrar el año pasado con 1.948 personas insertadas en el mundo laboral: «Pese a todo, el mercado sigue sometido a los estereotipos y atribuyendo a los discapacitados un alto absentismo laboral y muchas dudas sobre su capacitación. Ambos temores son infundados», afirma Mayte Gutiérrez, directora general de la división empresarial de Cogami.

En Oleiros, Cogami tiene una de sus empresas más antiguas: Hornos de Lamastelle, que surte de 120 toneladas de empanadas semanales a decenas de clientes, principalmente grandes superficies, y que planea extender sus exportaciones por varios continentes. El 90 % de sus empleados tienen algún grado de discapacidad. Como María, una pizpireta señora de 63 años que perdió parte de la movilidad en un brazo después de una operación provocada por un cáncer de mama: «No podía coger peso, ni trabajar la tierra», recuerda mientras se aparta un rato de la cadena en la que se elaboran las empanadas: «Este trabajo me lo encontró la asistenta social. Fue una oportunidad y estoy muy contenta». Se la nota.

Por allí anda un chaval de 36 años con ese aspecto tan particular que arrastran algunos de los que se asomaron al abismo y dieron un paso atrás: «Soy seropositivo y tengo una discapacidad del 46 % Pero no me impide realizar nada físicamente: hago deporte, voy en bici...» aclara. «Entré para cubrir unas vacaciones y me han dado la oportunidad de quedarme», añade. Allí, en medio de los mazacotes de masa, él, que era electricista, ha recuperado su vida: «Esto es muy diferente, pero nunca está de más aprender cosas nuevas».

«Esto no es caridad», subraya Mayte Gutiérrez mientras repasa la actividad del grupo que dirige: «Lo que queremos que se entienda es que los discapacitados pueden hacer cualquier cosa y que, de hecho, las hacen». Resulta totalmente palmario en medio de las instalaciones de Lamastelle, una idea de éxito, una de las empresas estrella de este pequeño holding que aspira, según dicen, a que la integración venga sobre todo por las empresas convencionales. Pero ese es un frente duro.

2.700 contratos

Contratar a una persona con un grado de discapacidad supone una ventaja para la empresa, que puede acceder a una subvención de la Administración. En el 2015, la Xunta admitió ayudas para un conjunto de 2.700 personas. Para este ejercicio, la bolsa destinada a este capítulo es de 25 millones de euros. Se calcula que el número de discapacitados en una sociedad como la gallega ronda el 10 % de la población, así que la cuenta es fácil, una inmensa mayoría no trabaja o lo hace de forma irregular.

En Aspaber están expectantes. Se convocan por vez primera plazas en la Administración Autonómica cerradas para personas con algún tipo de discapacidad psíquica. Una novedad, un paso de gigante para el colectivo que siempre juega con las peores cartas a la hora de acudir al mercado del empleo, incluso del empleo público: «Necesitamos ese espacio -reclama Dolores Fernández, de Aspaber-. Y si conseguimos que alguno de los chicos que se están preparando alcance la plaza, serán nuestros héroes. Abrirán el camino para otros».

«Esto no es caridad. Son trabajadores que pueden hacer cualquier cosa»

En una sociedad como la gallega se calcula que hay en torno a un 10 % de discapacitados

Tino, operario de limpieza, orgullo de su comunidad

Cuando uno se fija en Tino, armado con su uniforme de operario verde y sus herramientas de trabajo, no ve nada. Nada extraordinario. Pero hay algo especial. Tino Mato, 54 años, está acercándose a su edad de jubilación. En tres años habrá completado un ciclo de 15 que le dará derecho a colgar los guantes: «A mí me gusta mi trabajo. Y si me dan la oportunidad, me quedaré». No se plantea dejar el empleo que consiguió a través de Aspaber y que lo ha completado como persona. Explica que empezó en el 2001 trabajando como albañil para un familiar: «Pero no me sentía muy cómodo. Aquí sí. Te dan tiempo para asimilar las cosas. Las que haces bien y las que haces mal. Si necesitas tiempo, te lo dan».

Tino tiene una discapacidad que no le impide ser un operario de limpieza muy eficaz, como saben sus vecinos de Malpica. Hace su trabajo todos los días y vive con su madre. El resto de sus hermanos ya se fueron de casa, así que Tino, dice, está muy a gusto en esta situación. Cuando consiguió su empleo vio la oportunidad de sacarse el carné de conducir y lo hizo, lo que le ha convertido en uno de los conductores de los vehículos que se utilizan en su trabajo: «Y puedo llevar a mi madre de aquí para allá». 

Pocos caprichos

Gana alrededor de 700 euros al mes, que no es ni mucho ni poco, pero a él le parece muy bien: «Me doy con una piedra en el pecho. Mucha gente no tiene nada. Yo tengo pocos caprichos. Últimamente ninguno -dice, sentado en un banco, en un descanso de la tarea del día, adecentar un parque público-. Ya derroché mucho. Ahora tengo que pensar en el futuro».

Y se incorpora a la tarea, que cada día dirige un encargado que sabe que a Tino hay que recordarle a veces algunas cosas. Unos minutos de supervisión a cambio de una jornada perfecta. Tino es hoy una realidad impensable en la generación anterior. Y un orgullo para su comunidad.

El pájaro que viajó a Lanzarote

Dolores Vázquez la responsable de Aspaber, un colectivo que se ocupa de formar y atender a discapacitados psíquicos en la Costa da Morte, sabe mucho de integración. Y de la importancia esencial que tiene el trabajo en el desarrollo de las personas. Mientras repasa la ya dilatada trayectoria de la agrupación, recuerda a los miembros de una pareja que consiguieron empleos diferentes y acabaron formando un hogar independiente: «Un año después dijeron que se iban de vacaciones a Lanzarote y yo me ofrecí a cuidar de un pájaro que sabía que tenían en su casa. Pero me dijeron que no era necesario, que ya lo habían tramitado por su cuenta y que el pájaro se lo llevaban de vacaciones». A Dolores le pareció un milagro que aquellos chavales hubieran resuelto sin ayuda un trámite que a ella, en aquel momento, le parecía muy complicado. «Yo creo que aquel día me di cuenta realmente de lo importante que es la integración laboral», concluye.

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