¿Quién tiene la deuda privada más grande de España?

Esther Koplowitz era hasta el jueves la tenedora de la mayor deuda privada, con 1.000 millones de euros

Koplowitz ha dado entrada en el capital de FCC a magnates como George Soros, Carlos Slim y Bill Gates
Koplowitz ha dado entrada en el capital de FCC a magnates como George Soros, Carlos Slim y Bill Gates

Guapa, morena, delgada, envidiada, dispuesta a envolver con sencillez el lujo que la rodea. Así es Esther Koplowitz, quien además hasta el jueves era, según coinciden en señalar fuentes del mercado, la tenedora de la deuda privada más grande de España: ¡1.000 millones de euros o, lo que es lo mismo, 166.368 millones de pesetas en números redondos!

Con sus dotes y su porte negoció con la banca. Especialmente con el BBVA y Bankia, sus dos principales acreedores. Estos no se anduvieron con chiquitas porque tampoco están los tiempos como para perder dinero. Ella, dicen quienes la conocen, no entendía «cómo podía estar pasando» por tan tremenda situación, «con lo mucho que [el grupo FCC, y ella en particular] ha hecho por el país. «La vida es así [le explicaron sus allegados]. Por lo tanto, tenemos que negociar. No olvidemos que estamos en default». La realidad que asomó encima de la mesa de los abogados era complicada. Se negociaba la deuda de la empresaria y también la de FCC. No se podía entender una sin la otra. Se salvaba todo o nada. A Koplowitz la representó el abogado francés Jean Marie Messier. Un hombre duro que siempre tiene a mano un no por respuesta. El galo jugaba con ese dicho de «si debes un euro a los bancos, estás perdido; pero si debes mil, los que están perdidos son ellos». La situación llegó a tal punto en el mes de octubre que las entidades financieras dieron un portazo. «No seguimos adelante», dijeron, y advirtieron de que estaban dispuestas a quedarse las acciones. Pero lo cierto es que, reconocieron, proceder a «ejecutar a Esther Koplowitz y quitarle sus acciones, les venía mal a los bancos. Era una locura».

Las conversaciones se rompieron varias veces. Hay dos cartas, como mínimo, firmadas por la empresaria en las que daba por zanjada la discusión. Ella no quería ceder el 50 % de la sociedad. Los bancos le exigieron que bajase el porcentaje y que colocase en el mercado una parte de su participación al tiempo que buscaba un inversor ancla que sirviese como reclamo para atraer más dinero fresco. Así podría liberarse de buena parte de su deuda y a la vez poner en marcha una ampliación de capital en la compañía. Pero ella no quería. Las negociaciones ya se habían roto por escrito, aunque a la vez había entrado en escena un interlocutor nuevo: el yerno de la principal accionista y marido de la presidenta, Pablo Santos Tejedor. Este hacía de poli bueno, mientras que el abogado francés jugaba el papel de malo. La situación se volvía cada vez más tensa y, finalmente, la empresaria accedió. Koplowitz eligió a George Soros, que ya tenía el 3,8 % de la compañía, como primera opción. Negoció con él en exclusividad. Pero fracasó. El magnate incluso intentó comprar la deuda de los bancos pero con un descuento del 40 %. El rechazo también fue total. Salía más a cuenta vender las acciones en el mercado, y eso pese al descuento que ya soportaban. «Viene de salvador de la patria y no aceptaba un descuento inferior al 30 %», comenta una fuente.

El miércoles de madrugada Koplowitz logró un acuerdo con Carlos Slim, que ha pasado a convertirse en el primer accionista de FCC. Las negociaciones duraron más de 24 horas. No durmieron. El acuerdo se iba a firmar a las 6.30 de la mañana y lo acabaron rubricando a las 12.00. El pacto era urgente. En caso contrario, este año ya no se podía realizar la ampliación de capital de FCC, y la compañía tendría que enfrentar refinanciaciones a tipos del 11 %. Tras el acuerdo, la empresaria respiró. No lloró. Estaba feliz. Se había sacado un peso de encima y, además, de cara a la galería ella seguirá mandando en la empresa. Los dos grandes accionistas tienen 4 miembros en el consejo, pero ella puede nombrar o destituir al consejero delegado, Juan Béjar. Con él tiene sus más y sus menos. Pero se queda. Es serio y recto. Y del gusto de los bancos.

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