Anda Rajoy enrocado en que no necesita a sus socios del club del euro para sacar a la banca del atolladero. Mantiene Bruselas -al menos públicamente- que no ve razones para echarle una mano en esta complicada misión. Abunda Alemania en que «no hay motivo alguno» para dudar de la capacidad del Ejecutivo para apuntalar el sistema sin recurrir al salvavidas europeo.
Pero lo cierto es que la idea de que España podría acabar llamando a la puerta del fondo europeo de rescate para conjurar el fantasma del ladrillo ha calado en las mesas de los analistas y en los despachos de las propias entidades financieras. Consideran en estas últimas, y coinciden en las primeras, que la participación del BCE en la auditoría independiente a la que será sometida la banca puede ser el paso previo a la entrega de ayuda. Coinciden los expertos en que no será esta una intervención al uso, que intentarán maquillarla para que se parezca lo menos posible a lo que realmente será: un rescate en toda regla.
Y todos lo dicen porque la idea del Gobierno de que sean los bancos sanos los que paguen los platos rotos de los infectados ya no se sostiene en pie. Y también porque si la célebre auditoría revela grandes agujeros, no quedará otra que echar mano de la maltrecha cartera pública. Y puede que entonces, Rajoy tenga que dar su brazo a torcer.
En Bruselas dicen que hay formas para ayudar a España y que lo único que tiene que hacer el presidente es pedirlo. Lo aclaran, eso sí, a media voz.