La publicación del dato del IPC de noviembre debería servir para zanjar de forma definitiva uno de los debates más absurdos que se generaron en la economía española en estos tiempos de crisis.
La inflación interanual se sitúa en el 0,3% en noviembre, esto es, un crecimiento moderado de los precios que refuta a los agoreros que nos anunciaban un agravamiento de la crisis por culpa de la deflación. Y sin embargo, en España nunca existió ese riesgo, porque la reducción en el nivel de precios que se dio durante algunos meses del 2009 apenas estaba vinculado a la atonía del consumo. Por el contrario, la explicación estaba en la intensa caída de los precios del petróleo, que justo un año antes habían alcanzado su máximo histórico.
Por ello, esta reducción en los precios, lejos de representar un problema, ha sido una de las consecuencias positivas de la crisis, porque ha servido para corregir, aunque solo parcialmente, uno de los problemas reales de la economía española.
Durante años, la inflación creció más en nuestro país que en la media de la Unión Europea, acumulando año tras año un diferencial de precios que debilitó la competitividad. Este diferencial, que acumuló más de 8 puntos desde el año 2000, está provocado por la existencia de márgenes empresariales abusivos en sectores poco abiertos a la competencia, que acabaron deteriorando el conjunto de actividades productivas y acelerando el proceso especulativo que sufrió la economía española, cuyo estallido estamos ahora padeciendo.
Por lo tanto, la contención de precios en el 2009, que se traduce en un IPC en España algo inferior a la media de la Unión Europea, es sin duda una buena noticia que, en la medida de lo posible, debería mantenerse en el tiempo. Al no existir la posibilidad de devaluación de la moneda, porque todos compartimos el euro, solo podemos mantener la competitividad productiva española si se mantienen controlados los precios, en especial en sectores como la vivienda, que acaban desatando una espiral de crecimiento de la inflación.
Por último, la evolución de los precios y de las rentas (salarios, pensiones, rentas de capital) en el 2009 puso en evidencia la complejidad para gestionar la economía bajo la influencia de la denominada ilusión monetaria. Resulta más fácil aceptar incrementos en salarios o pensiones del 4% con un IPC del 5%, que supone una pérdida de poder adquisitivo, que aumentos de 1% con un IPC del -1%, que supone por el contrario un aumento real de la renta de las personas. Paradojas de la ilusión monetaria.