«Tiñas que estar sempre disposto para eles»

ECONOMÍA

Pedro Pedrosa San Vicente trabajaba en una planta acuícola de producción de rodaballo propiedad de una multinacional. Su empleo estaba en Lira (Carnota). Hace dos semanas, harto, devolvió las ropas de trabajo y cerró la puerta para no volver. Después de dos años en el mismo lugar sabe lo que es sufrir en carne propia los efectos de los llamados empleos basura. A lo largo de los dos años en los que tuvo relación laboral con la empresa, explica, el número de contratos que le hicieron sobrepasó ampliamente la veintena. El período más largo en el que estuvo trabajando durante todo ese tiempo fue de cuatro meses. El más corto, de un día. O de dos, o de una semana. Y así durante 24 meses sin saber cuándo lo iban a llamar ni por cuánto tiempo. Pedrosa recuerda que cuando no estaba trabajando andaba siempre pendiente del teléfono y que no podía salir de la zona. «Podíanche chamar por un día e podíanche chamar no mesmo día, e se non ías, non te chamaban máis». Pedro Pedrosa no se queja del sueldo -trabajando un mes seguido, algo poco frecuente, podía llegar a los 900 euros-, sino de no saber qué sería de él al día siguiente. Si trabajó en las condiciones que describe durante todo ese tiempo fue para aspirar a un contrato indefinido que finalmente no llegó. «Tiñas que estar sempre disposto para eles», reprocha. Afirma que su caso no es el único en un lugar en el que la mayoría de los trabajadores están en las mismas circunstancias de temporalidad. Él trabajaba en la cadena de envasado. Durante los dos últimos años fue trampeando entre los días de trabajo discontinuos -33 euros por día de salario- y el paro. Dice que las condiciones de trabajo eran muy malas. «Fixeron o que quixeron de min, quedei moi queimado», confiesa, y recuerda un ejemplo de aquella época: «Un día chamáronme da casa porque un familiar estaba moi enfermo e non había con quen deixar aos nenos, pedín que me deixaran sair por unha urxencia e respondéronme que os nenos podían quedar cun veciño». Tras pasar por esa experiencia, Pedrosa tiene muy claro que no quiere volver a trabajar en semejantes condiciones. Ofrece su testimonio precisamente por eso. Desde La Voz se ha contactado con muchas otras personas con empleos precarios en condiciones similares e incluso peores, pero nadie se ha atrevido a dar la cara por temor a encontrarse con una carta de despido sobre la mesa al día siguiente. Un ejemplo de precariedad laboral: en la mayoría de las tiendas y negocios de la Costa da Morte los sueldos oscilan entre los 500 y los 700 euros al mes. Sin pagas extras y sin derecho a vacaciones.