Los carteles, las singularidades fiscales y la picaresca comercial impiden racionalizar el sector en la UE Si pudiera, el eurocomisario de Competencia, Mario Monti, tiraría la toalla. El mercado automovilístico comunitario es la antítesis de cuanto propicia la Unión Europea (UE). Por el mismo Citröen Saxo que en Vigo se vende a 1.336.745 pesetas (antes de impuestos), en Copenhague sólo hay que abonar 1.103.055 pesetas. Los fabricantes alegan que las singularidades fiscales de cada país socio recortan esa y otras diferencias, pero obvian que la capacidad adquisitiva de los europeos tampoco es uniforme.
20 feb 2001 . Actualizado a las 06:00 h.El último estudio solicitado por la Comisión Europea sobre el mercado del automóvil revela que el desorden es cada vez mayor. A pesar de que hay modelos de coches cuyo precio al mayor varía hasta un 60% de uno a otro país, Bruselas sigue relativizando y minimizando el problema. No en vano, fue la propia Comisión la que excluyó el sector del automóvil del proceso de construcción del mercado único (prerrogativa que deberá ser revisada o derogada antes del verano del 2002). Pero a las diferencias de precio que se derivan de los conciertos (carteles) pergeñados por los constructores -que aplican criterios ajenos a los económicos para repartirse el mercado-, se suman las peculiaridades fiscales de cada país socio y las diferentes capacidades adquisitivas de los ciudadanos de los Quince. Verdades relativas Atendiendo sólo a los números del fabricante, en España el precio al mayor de un Fiat Seicento es ¡un 64,8% más bajo que en Gran Bretaña! Pero si se tiene en cuenta la capacidad adquisitiva de los asalariados de uno y otro país, así como los gravámenes fiscales, resulta que el mercado español no es tan barato como parece (tal como reflejan los ejemplos que figuran en la ilustración adjunta). En términos generales, las diferencias de precios entre países han aumentado en diez modelos y sólo han disminuido en cinco casos. Británicos, alemanes y franceses -por este orden- pagan los precios al mayor más elevados y finlandeses, daneses y españoles, los más baratos. Pero esta es otra verdad relativa, pues la menor capacidad de compra de un español malogra esa ventaja.