Llegó la primera factura de electricidad del castro tecnológico de Lalín, y llegó el primer susto. Pagar en torno a seis mil euros únicamente por un mes impone a cualquiera. Lo que sucede es que, en este caso, faltan elementos de comparación; porque es imposible cotejar el gasto de un edificio como el nuevo ayuntamiento con lo que consumía la antigua casa consistorial. Cuando vayan llegando más facturas, se sabrá qué meses disparan el consumo; pero no parece, por más que trata de explicarlo el gobierno local, que los importes a pagar puedan ir a menos. Porque, si bien es cierto que en el primer mes de funcionamiento los ascensores trabajaron a mayor ritmo que ahora para ir haciendo el paulatino traslado de las oficinas, no lo es menos que la llegada de toda la plantilla municipal habrá incrementado en junio, y sobre todo en julio, el gasto. El mes pasado, antes del susto, el aire acondicionado que ahora se vigila funcionó sin tantas restricciones y es posible que se note en la cuantía a pagar. Y además, están las características propias del edificio: Lalín presume de haber construido un consistorio para varios siglos, y sus gastos de mantenimiento van en consonancia. Pretender destinar a un edificio del siglo XXI las mismas cantidades que a una construcción de principios del siglo XIX es una tarea imposible. Bueno será tratar de ajustar al máximo los parámetros del consistorio y tratar de reducir en todo lo posible la factura. Pero que nadie se llame a engaño, porque los aviones solo vuelan con queroseno, por más que en las aproximaciones los motores vayan bajos de vueltas.