SIN SODA | O |
10 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.HAY ESTRADENSES que nunca se han subido a una piragua, que temen al rafting y al barranquismo y que no harían puenting ni después de tomarse cinco mojitos y otros tantos daiquiris. En cambio no tienen inconveniente en conducir a 180 kilómetros por hora, en pilotar en evidente estado de embriaguez ni en apuntarse a una timba de cartas, que es el peor de los deportes de riesgo, aunque no lo parezca a simple vista. No hay peligro de que se rompa la cuerda y el deportista se precipite al vacío. Ni de que una roca traidora se convierta en acta de defunción, ni de acabar con tendinitis. Sin embargo hay otros peligros que acechan detrás de cada partida. Hay estradenses de todas las edades que no sabrían vivir sin su timba al día. Las cartas son su oxígeno y si alguien se las quita, ya no respiran. El vicio es mejor que otros, pero hay que vigilar siempre a los compañeros más encendidos. Sobre todo si se juega con apuestas, que eso siempre genera más envidias. Algunos jugadores no soportan las trampas, otros no ríen las bromas y muchos no saben jugar en equipo. Los peores son los que no saben perder. Esos no son ni deportistas. Los puñetazos son la excepción, pero más de una amistad se ha roto por un truco perdido.