Palomas mensajeras en la era WhatsApp

Un estradense entrena aves de vuelo capaces de recorrer 100 kilómetros para volver a casa


a estrada / la voz

Desde fuera, no parece fácil engancharse a las palomas. Alberto Baños lo sabe. Sabe que al profano le suelen venir a le mente los bichejos insalubres que le ensucian el parabrisas del coche o le ponen perdida la terraza. A él mismo, las palomas de ciudad no le hacen ninguna gracia. «Están sucias y no traen más que enfermedades. No tienen nada que ver con estas», explica mirando orgulloso a su colonia impoluta de aves. De vez en cuando, se le cuela algún animal sin pedigrí en el palomar que cuida con mimo en Figueiroa de Abaixo. Y entonces se ve obligado a desalojarlo para evitar que contagie a sus palomas. No es difícil. Lo coge, lo mete en una jaula en el coche y lo suelta a unos kilómetros. El animal pierde la referencia y no sabe volver.

Es todo lo contrario de lo que les sucede a las palomas mensajeras, que tienen un instinto casi sobrenatural para volver a casa.

A Alberto Baños la pasión por las palomas se la contagió su abuelo paterno, José. «Vivía en Vea y yo pasaba allí muchos veranos y fines de semana, así que tuve contacto con las palomas desde siempre. Y le fui cogiendo el gusanillo a esto», comenta. «Me gustan todos los bichos. Tenemos un perro en casa y aquí en Figueiroa otro perro. Y gallinas... Pero las palomas es lo que más me gusta y a lo que más tiempo le dedico», cuenta Alberto.

Su abuelo criaba palomas por placer, sin preocuparse de su raza ni de su belleza. «Las tenía allí igual que tenía gallinas», comenta Alberto. Sin más pretensiones que verlas ir y venir. Pero el nieto quiso ir más allá. Con diez años cuidaba una colonia propia de veinte palomas y con veinte abriles se inició en el mundo de las palomas mensajeras. Empezó a entrenar a las primeras y, vuelo tras vuelo, la afición fue creciendo. Alberto tuvo que comprar una pequeña finca para construir un palomar acorde a su colonia, que ahora suma más de 200 palomas. Unas 150 son palomas de vuelo. El resto, de exposición. Pero todas son mensajeras.

Y ahí es cuando al no iniciado le entra la duda de qué es realmente una paloma mensajera. La respuesta empaña la idea romántica de poder enviar un mensaje al vuelo. No es que no pueda hacerse. Pero las opciones son más limitadas de lo que la mayoría de la gente sospecha. «Mucha gente cree que tú puedes mandar la paloma donde quieras y que viene de vuelta», constata Alberto. Pues no. «La paloma mensajera lo que hace es regresar siempre a su casa contra viento y marea. Tú la desplazas a cierta distancia y, por la querencia que tiene al palomar, regresa», explica. «Yo mensajes no envié nunca», constata riendo. «Es un deporte. En competición, hay palomas que son capaces de volar mil kilómetros hasta su palomar y algunas llegan en el día», comenta. «En las guerras se utilizaron mucho. Se criaban en los cuarteles, los soldados se las llevaban en una mochila y ellas eran capaces de volar de vuelta con mensajes cifrados atados en su pata. Hay grandes historias de palomas mensajeras. Algunas salvaron la vida de cientos de personas. Y hasta hay una condecorada con la Cruz de Guerra en la I Guerra Mundial», explica Alberto.

¿Y cómo consigue una paloma orientarse para volver al palomar?, se pregunta uno. «Es lo que me pregunta todo el mundo», ríe Alberto. «Es un misterio sin resolver», dice. «Hay muchas teorías. Se habla de la relación que hay entre las partículas de hierro que tienen en la cabeza y los polos magnéticos de la Tierra, de su sentido de la vista, del olfato... pero a ciencia cierta no se sabe», comenta.

Una de sus aves de exposición logró proclamarse en el 2015 campeona de España

El misterioso vuelo de las palomas mensajeras tiene enganchado al estradense, que todos los días hace hueco en su vida para entrenar a sus aves. El primer paso es el «orientador» del palomar, una especie de jaula que sobresale del edificio donde los animales jóvenes se sitúan para familiarizarse con el entorno. Después, a fuerza de salidas diarias, las aves van ganando orientación y confianza. Y entonces empiezan las sueltas. Cada vez más lejos. «Primero las soltaba en el Alto da Cruz, luego en A Rocha y ahora en la zona de Ourense», cuenta Alberto. «El sábado solté a 60 más para allá de Ourense, a 100 kilómetros, y a las cuatro de la tarde veinte ya estaban de vuelta», cuenta. «Algunas nunca regresan», confiesa el criador. «Siempre hay alguna baja. Alguna que se extravía, que todavía no tiene las facultades físicas que necesita o que no es capaz de esquivar a los halcones. Hay muchísimos. A veces parece que estuvieran esperando a que las sueltes», lamenta.

A competición

Alberto tiene previsto entrar en el mundo del vuelo de competición, aunque todo a su tiempo. «Hay que seguir entrenando y dar de alta el palomar para competir», indica. «Aquí es un mundo bastante desconocido, pero en Portugal es el segundo deporte después del fútbol y en China y Taiwán las apuestas mueven millones», cuenta.

En el mundo de las palomas mensajeras de exposición, en cambio, ya es un experto. Los animales se puntúan en función de unos estándares físicos. En el 2015, una de las palomas presentadas a concurso por el estradense logró el título de Campeona de España.

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