Una ex modista gallega se convierte en la primera mujer participante en el Concurso Nacional de Albañilería
15 oct 2008 . Actualizado a las 02:36 h.Uruguaya al nacer y compostelana de los 11 en adelante, siempre soltera, a Sandra Chiachio la economía globalizada le apartó el pie de la Singer para en la mano ponerle una paleta, un resto de cemento sobre la mejilla. Maldita aquella mañana en la que hubo de cerrar el taller donde cosía blusas. En un bravo océano de competencia china naufragó un bote de casco frágil: su empleo, el que la había mantenido ocupada durante 13 años. Tres han pasado desde entonces. Y ahora, a sus 41, aún lucha por salir a flote. De día se forma en las artes del ladrillo, mientras de noche suspira por un contrato de obrera. «Me dio por ahí, siempre me atrajo», confiesa las razones de tan radical cambio de oficio. Capataz que la quiera todavía no lo ha encontrado, pero sí acaba de adquirir cierta fama en el mundillo. Sin perseguirla, le sobrevino este sábado, al convertirse en la primera mujer aspirante a ganar el Concurso Nacional de Albañilería, cuya segunda edición organizó en Madrid la Fundación Laboral de la Construcción.
«Ninguna empresa me ha dado la oportunidad de entrar en el mercado laboral», lamenta. ¿Y piropeará a los hombres cuando eso suceda, cuando alguien la fiche y al fin logre subirse al andamio? «Pues va a ser que no... Tengo muy claro que yo no me voy a dar la vuelta para gritarle burradas a ningún tío», responde sin titubeos. Entretanto, tras haber cursado ya estudios de cantería, actualmente adquiere nociones de rehabilitación en un taller de aprendizaje gracias al cual esta semana, junto con el resto de sus compañeros de clase, disfruta en Florencia afianzando conocimientos en una prestigiosa escuela del sector.
Justo antes de partir rumbo a la ciudad italiana, ella y su profesor José Manuel Vázquez disputaron el campeonato español del gremio a 28 parejas de peones. Cuando le preguntan acerca del puesto cosechado en la clasificación del certamen, confiesa entre risas: «Ni idea, de verdad». No fue aquella la prueba de su vida, la era de su mañana. Esa deberá empezar a trillarla en un mes, cuando afronte el reto de agarrar un mono en que enfundarse o engrosar la cola del Inem.