AL FILO | O |
03 ene 2004 . Actualizado a las 06:00 h.TODOS CREÍMOS ALGUNA vez ver a los Reyes Magos. En mi caso fue un reflejo en balcón de mi habitación y un visillo que movía el viento. Unos recuerdos que cada uno personifica en su majestad favorita y que nos deja el sabor de una ilusión infinita y la certeza de que existía una magia que se repetía cada año y que nunca fallaba saltándose las crisis económicas, la escasez de ingresos y lo que fuera. Al final, el regalo que recibíamos colmaba nuestras ilusiones aunque fuese el juguete más sencillo. Los niños del 2004 ya no se contentan con las muñecas de Famosa que caminaban hacia el Portal o con un tren eléctrico. Mi hija de tres años lleva dos meses mirando folleto, analizando cada anuncio y ya hizo diez listas. Una de las primeras fue un catálogo entero, por si acaso. Cada año, a Melchor, Gaspar y Baltasar le gana la partida un gordo vestido de rojo que conduce un trineo volador. A lo largo del año, se suceden las apariciones de Papa Nöel, en detrimento de nuestros Reyes Magos, que no tienen cartel en la industria norteamericana. Vivimos en un mundo globalizado y es verdad que las costumbres cambian, pero sería una pena abandonar a los simpáticos tres Reyes, que son tan nuestros como el turrón de Jijona, las figuritas de mazapán o la zambomba. Aquí hasta que llegó Santa Claus, no había más gordo famoso que el de la lotería de Navidad. De los Reyes Magos, los niños van descubriendo su historia a medida que crecen. Pero de Papa Nöel, con tantos alias como tiene, la mayoría va confundiendo las historias y lo acabamos situando en el Polo Norte rodeado de gnomos currantes que dedican día y noche a realizar juguetes sin parar. Ayer las tiendas no paraban de empaquetar encargos. Los Reyes Magos volverán.