Entre 60 y 70 argentinos madrugaron para ver en Lalín el partido que les enfrentó contra Nigeria el pasado domingo Lalín, 7.30 de la mañana del domingo. La mayoría duerme. Otros, los últimos trasnochadores, regresan a casa desde algún pub local y un grupo creciente de abanderados albicelestes entra al bar Odeón para ver el Argentina-Nigeria. Entre 60 y 70 personas, la mayoría argentinos residentes en Deza, inundaron el local con sus camisetas, gorros y banderas de colores. La ansiosa platea no paró de animar los noventa minutos y festejó a lo grande el gol del cañonero Gabriel Batistuta «Batigol».
03 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.El grupo de argentinos autoconvocados al bar era muy heterogéneo: los que no durmieron para ver el partido se sentaron adelante, mientras que los madrugadores que llegaron justo para el pitido inicial del árbitro se tuvieron que conformar con las mesas del fondo. Los de adelante pidieron cerveza y los de atrás café con leche. Hombres y mujeres jóvenes, una embarazada, parejas mayores y hasta una familia entera que se llevó su termo y su mate, como para, a pesar de la distancia, sentirse en casa. Todos estaban en el bar que por 90 minutos se convirtió en la mítica Bombonera. El alcohol o la cafeína fueron tal vez los responsables de que a medida que pasaban los minutos ocurriese una transformación en los presentes. La compenetración con el desarrollo del juego hizo que cada vez que se daba una posible situación de gol, con cada tiro de esquina, todos se pusieran de pie, casi queriendo entrar en la pantalla y gritaran al unísono un continuo «oooooooo». Cuando a los 17 minutos del segundo tiempo, con un cabezazo de Gabriel Batistuta, el equipo argentino marcó el gol del triunfo el grito inconfundible de «AR-GEN-TI-NA» llenó el local y más tarde un gran aplauso a Batistuta cuando salió de la cancha reemplazado por Hernán Crespo. Antes de que terminara el partido llegó Tito, dueño de varios pubs de Lalín, que pagó unas botellas de cava para la afición y la alegría fue más que completa. A las 9.20 de la mañana los argentinos y gallegos trasnochadores y madrugadores se volvían a sus casas de la comarca con una sonrisa en los labios, la bandera atada al cuello y una canción en la boca. Y es que la pasión de los argentinos por su selección trasciende los límites de los forofos del fútbol. Todos alientan, sufren y se alegran con su selección nacional. Será que esta es una de las pocas buenas noticias que reciben los argentinos sobre su país a más de 14.000 kilómetros de distancia.