¿Cuántas veces puede uno elegir bailar el último vals en la final del Open de Australia con el jugador que lo ganó 10 veces? ¿Jugar contra el hombre que perduró, a través de innumerables batallas, la supremacía de Roger Federer y Rafa Nadal, logrando superar sus récords y llegar a 24 Grand Slams? Carlos Alcaraz es un digno heredero de esa generación.
Ambos iban a recordar esta final toda su vida. En tenis no se puede empatar. La frase «si puedes conocer al triunfo y la derrota y tratar de la misma manera a esos dos impostores», escrita encima de la puerta de Wimbledon antes de salir a jugar en la pista central, es conocida por los jugadores. Es una verdad innegable mucho tiempo después, cuando la sabiduría acompaña a la vejez, pero en el presente inmediato es solo un poema de Kipling. La final está a punto de empezar y son otras las preocupaciones de estos dos gladiadores.
La boa, como suelo llamar a Novak Djokovic, conoce todos los secretos del juego: cuándo asfixiar al contrario, cuándo hacer tiempo, cómo respirar, cómo actuar, hacerse el cansado o distraído... El serbio tiene una concentración sólida y un instinto matador que sabe aprovechar en cada oportunidad. Es un verdadero titán. El único problema es su edad: 38 años. Sin embargo, su mente está intacta y la confianza por haber derrotado a Sinner, la otra estrella del tenis mundial, arropaba esa creencia.
Carlitos era un rival temible, y Novak lo sabía. Por su mágica sonrisa, la variedad de su juego, la improvisación constante, su movilidad asombrosa, su irresponsabilidad juvenil, su fe en si mismo (alimentada por ser el número 1 del mundo) y la oportunidad de ganar el único grand slam que le faltaba para convertirse en el jugador más joven de la historia en lograr esa hazaña. Solo tiene 22 años.
El baile que todos esperaban comenzó en el tercer set. El partido era intenso, pero aparentemente el serbio jugaba al límite, mientras que el español dominaba cambiando los golpes y utilizando el drop-shot para sacar a Djokovic de la zona de atrás y no solo romperle el ritmo, sino también irle cansando. La estrategia era buena y la evolución de su saque, debido a la soltura de su muñeca, favorecía su confianza. La única opción del serbio de poder crear dudas en la mente del español fue en el 5-3. Carlos sacó para el set 40-15, la boa logró tener dos oportunidades de break, y comenzó a estimular al público para ganar oxígeno e intimidar al español. Alcaraz zafó y ganó el set 6-3.
Carlitos, con dos sets a uno, con la ventaja de la edad y la manera en la que estaba jugando prometía un pronto desenlace. En el segundo juego tuvo una inmejorable oportunidad para hacer el break y ponerse 2-0. La boa sobrevivió, agrandó su romance con el público y demostró, una vez más, su capacidad de supervivencia.
Mientras el serbio corría atrás, Carlitos corría con un turbo en cada pierna. El drama se disputó en el 4 iguales, cuando Djoko tuvo un break point para sacar y luego ir a un quinto set. En ese punto que perdió, se decidió el partido. Él lo supo y, un rato después, aceptó como un caballero la derrota, cruzando la pista y abrazando a su rival. Vamos a echar de menos la figura de Novak, pero por suerte para el tenis, la llama olímpica que surge desde la oscuridad del túnel la lleva Carlitos. La magia está intacta y la belleza, suelta.
Tito Vázquez fue jugador ourensano y capitán de Argentina en la Copa Davis.