Fue un partido de los que generan afición, como se suele decir. Pero no solo el encuentro de Milán, sino la eliminatoria competa. Increíble. Juego, goles, incertidumbre y un postre de 30 minutos de prórroga que nadie quería que se acabaran porque, a pesar del cansancio, todavía quedaba fútbol en las botas de los jugadores.
Al final, decidió la mayor experiencia del Inter frente a un Barcelona que pagó muy, pero que muy caro, sus escasos errores. Sobre todo en el primer tiempo. Presionó muy arriba, pero cada vez que erraba, el Inter sabía aprovechar muy bien para salir con el balón controlado y hacer daño a la defensa catalana. Así llegaron los dos goles y una desventaja enorme antes del descanso.
Tras la reanudación, se vio una segunda parte muy completa del equipo de Hansi Flick. Ajustó mejor esa presión, jugó, tuvo el balón, desequilibró y marcó goles. Tanto, que llegó a tener la eliminatoria en sus manos. Ya estaba acariciando la final cuando esta se le escapó por otro error. Es el típico partido que quizá a un equipo de mayor experiencia y veteranía no se le hubiera ido.
La diferencia en la posesión (29 % para el Inter y 71 % para el Barcelona) lo dice todo. Los españoles pusieron el juego, las ganas y las ocasiones, pero los italianos, el saber estar y el ser decisivos cuando el partido lo requería.
Ya en la prórroga, un nuevo fallo condenó a un Barcelona que luego fue un quiero y no puedo, porque el cansancio se había acumulado en las piernas de los jugadores. Aun así, tuvo sus opciones.
Si analizamos el partido a nivel individual, creo que hay dos futbolistas que salen claramente victoriosos del envite. Por el lado azulgrana, el de siempre, Lamine Yamal. ¡Qué partido! Jugó e hizo jugar al equipo. Solo le faltó el gol. Y este no llegó porque enfrente se encontró con un Sommer que fue el héroe de su equipo. A pesar de encajar tres goles paró mucho. Y ahí estuvo otra de las claves.