Siempre negativo, nunca positivo

Álvaro Alonso AUTOR DEL LIBRO GALICIA OLÍMPICA

DEPORTES

CAPOTILLO

26 jul 2021 . Actualizado a las 02:11 h.

Por mucho que ahora lo intente el covid, los positivos en los Juegos ya estaban más que inventados. Unos, los del dopaje, de los que no merece la pena hablar, y otros que sí vale la pena recordar, como los de Gómez Noya. Porque, cuando el virus aún no existía, al ferrolano le dio tiempo a sufrir lo mismo que ayer le pasó a Jon Rahm: despedirse antes de saludar. Con 21 años, en Atenas, una decisión federativa lo apartó de su debut y hasta alteró su moderadísimo temperamento —«el seleccionador no tiene absolutamente idea de nada»—; y con 33 años, en Río, una caída de la bicicleta acabó con su preparación. A lo que se suma que en Pekín, cuando la medalla parecía garantizada, se quedó en un cuarto puesto con sabor a chocolate.

Tres decepciones para una sola alegría, la plata de Londres. Un palmarés olímpico al que ahora se suma un vigésimo quinto puesto, que aunque él lo añadiría a la lista de los desencantos, bastante ha hecho ya. La suya ha sido una carrera deportiva positiva, pero con muchos positivos como el de Rahm, con los que se confirma que la medalla es la portada y todo el resto es la verdadera trayectoria. La vida, si nos ponemos filosóficos, que algo se parece a su deporte, con un poco de natación, mucho de pedalear, y sufrimiento a pie hasta el final, ya en solitario.

El final del Gómez Noya olímpico ha sido, curiosamente, al final de un Día de Galicia, una tierra que le tiene mucho que agradecer y que ahora apoyará sus siguientes andanzas. Fíjense lo que aquí ha provocado, con la ayuda de Iván Raña, que el triatlón empezó a la vez que el taekwondo en los Juegos —en Sídney 2000— y ahora es popular, con citas en decenas de ayuntamientos, mientras el arte marcial sigue siendo esa disciplina en la que algún español toca medalla cada cuatro años. Con respeto, está claro, que hace 21 años ya tuvimos a un coruñés en Australia, Francisco Zas, y en cualquier momento sale una Adriana Cerezo de una de las fantásticas escuelas gallegas.