Cuando haces Pop, ya no hay stop


Todo viene de cuando un policía mató a George Floyd. Los jugadores de la NBA —para despistados, muchos de ellos son negros— airearon su indignación y adelantaron protestas para cuando pudiesen volver a jugar. La Liga aceptó. Por estar, supongo, en contra del racismo (aunque seguro que algunos cuestionarían esta máxima). También, supongo, porque convenía tener a sus estrellas receptivas para poder terminar una competición que genera mucha pasta. Se institucionalizó el mensaje. Nike serigrafió camisetas con el lema «Black lives matter», vestidas por todos los jugadores.

Casi todos. Estaba visto que iba a pasar y la incógnita era el quién. Jonathan Isaac, alero de Orlando Magic, ni se puso la camiseta ni se arrodilló cuando sonó el himno nacional. Sea por ansia de protagonismo o por convicciones personales sólidas, realmente hay que echarle valor para ir en contra de la mayoría. Hay que reconocérselo. Sus razones... Bueno, dijo que «la respuesta está en Jesús y no en la camiseta o la postura durante el himno». Ante tal críptico testimonio y como por mucho que tenga la respuesta, a Jesús no se le puede preguntar, los focos se desplazaron hasta Gregg Popovich, que sí se puso la camiseta pero tampoco se arrodilló. Su gesto tenía mucha más enjundia, ya que el entrenador se ha cansado de pegarle palos a Donald Trump tras la muerte de Floyd. Se habló de desde su pasado en el ejército hasta de problemas de rodilla. Popovich dijo preferir guardarse sus razones y, conociéndolo sin conocerlo, seguro que las tiene.

Había muchas ganas de que volviese la NBA y ahora que ha vuelto, el quién sí y quién no se arrodilla ante los solemnes acordes nacionales genera tantos titulares como el propio baloncesto. O más.

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