Un niño diferente, un crac intuitivo

Su padre Jesús y los pilotos Pucho López y Román Pérez arroparon a Jorge Prado desde la cuna


«Es complicado tomar enseñanzas previas cuando nada hay anterior. Abrimos el camino», dice Jesús Prado, señalado por todos como el gran pilar del éxito de Jorge Prado, convertido ya en campeón del mundo de motocrós en la categoría de MX2. El afecto fue su gran argumento. El afecto de Jesús hacia su hijo, pero también el que sembró cuando competía como piloto. Aquellos amigos de entonces fueron soportes importantes cuando irrumpió el pequeño Jorge en el motociclismo. Sobre todo, sobran los dedos de una mano, José Manuel López, Pucho, y Román Pérez.

Los dos coincidieron con Prado padre en las pistas. Pucho fue su rival, y Román tomó el relevo más tarde. Por ello, cuando llegó el pequeño Jorge, lo adoptaron como uno de ellos. «Conozco a Jesús desde hace 30 años. Nosotros éramos unos mantas, pero Jorge... KTM se acabó fijando en él porque su talento era evidente. La primera vez que se montó en una moto fue con nosotros en Cedeira. Hacía cosas innatas. Es un autodidacta. A mayores, es un sufridor y un currante nato. Hay que ser un superatleta para dedicarse a un deporte tan exigente como este», relata Pucho.

Jesús Prado recuerda los inicios: «Mi pasión se juntó con su pasión. Desde los dos años montaba en bici sin ruedines y desde los tres hacía trialsin. Todo fue tan gradual...». Entonces entrenaban en Ombreiro, a apenas dos kilómetros de la casa familiar paterna en Ramil, o en la mítica pista de Rubiás, ya abandonada. Como mucho, aparecían dos pilotos. Lo habitual es que los Prado estuviesen solos. «No nos perdíamos ningún fin de semana. Si antes salía con mis colegas, ahora mi colega era mi hijo», describe.

Pucho recuerda entonces que «Jorge se entrenaba junto a nosotros y hacía con 8 años saltos con una moto de 65 c.c. que superaban los que yo lograba con una de 450 c.c. ¡Veinticinco metros! Cuando me empezó a ganar con la de 85 c.c. yo ya dije: ‘Si viene Jorge, yo no monto’». Recuerda cuando el pequeño rompía los chasis de la Metrakit que llevaba. «Era increíble. Yo fui con ellos a Francia para hablar con KTM, pensando si les dejarían dos motos... y les ofrecieron un contrato de cinco años. Pero antes, el sacrificio fue inmenso, recorrer Europa en la autocaravana, muchas calamidades, zancadillas... Me siento muy orgulloso de Jorge y su familia. Me atrevo a decir que marcará un antes y después en el motocrós mundial a quince años vista. Será el que más títulos gane de la historia», zanja.

Román Pérez empezó a orientarle en los entrenamientos cuando tenía 4 años, dos días por semana, en la pista que el piloto posee en su casa. «Con todo lo que pelearon... más les hubiese ayudado si hubiese podido. Su familia es muy especial para mí. Es como un hijo. Solo un día con él y ya veías que no era normal, que tenía algo especial. Aparte, era muy buen estudiante. Con 8 años, viajaba estudiando y escuchando casetes que su madre le grababa con las lecciones. Los escuchaba tras las carreras para el examen del día siguiente. Y eso, siendo campeón de Europa. Jorge es incansable, es la motivación en persona», cuenta.

«Siempre tiró para adelante, incluso cuando perdió los campeonatos por las lesiones. Nunca fue negativo. Si lloraba, era de rabia. Lo tenía todo claro, pero tenía que salirle bien. Fueron con todo a Bélgica», analiza Pérez.

Aquel piloto que le ayudaba para entrenar destaca que hasta hace dos años la familia autogestionaba todas las facetas: deportiva, económica y mental. «Porque Jorge tenía un don. Con 11 años tenía ya toda la base de pilotaje. Ahí, ya era solo perfeccionar. Siempre tenía recursos técnicos para todo. Su memoria muscular es brutal . Repetía a la perfección el ejercicio del día anterior», relata. «Pero si le preguntabas cómo lo hacía, tenía que pensarlo mucho. Era innato», añade.

«No te quitaba ojo. Absorbía todo. Como mucho, te decía: ‘¿Puedes volver a hacerlo para que yo lo vea?’», recuerda Pérez. A veces, iba a la escuela de Adrián Garrido. Otras, la madre de Román Pérez asistía al milagro. Y le decía: «Cuando seas campeón del Mundo, me tienes que traer una camiseta firmada». Ahora ya está esperando por ella.

«Todo es a base de romperse la espalda, como todo emigrante»

«Asimilar los viajes, entrenarse sin el descanso oportuno... es la vida de un piloto profesional. Jorge era un estudiando excepcional, pero el colegio quita tiempo. Hay que sacrificar cosas».

Es el relato de un padre que representa la implicación extrema de una familia en el sueño de un niño por ser campeón del mundo de motocrós. El matrimonio formado por Jesús Prado y Cristina García, después acompañado de su hija Cecilia, afrontó momentos vitales delicados en pos de la trayectoria de Jorge Prado. «Lo más duro fue mudarse a Bélgica, con Jorge con apenas 12 años de edad. Lo tomamos como una decisión familiar, no podía ser de otro modo», resalta Jesús. «Era necesario el consenso de toda la familia, porque afecta a la vida de todos. Si no funcionaba, nos quedaríamos al menos con la experiencia. Pero cuando le ofrecieron el contrato profesional a Jorge, era como si se reforzase nuestra decisión», razona.

«Jorge lo encajó perfectamente, se adapta muy bien, es muy flexible y continuó siendo un buen estudiante. Pero para nosotros fue un cambio difícil. Dejarlo todo en Galicia [Cristina tenía un puesto cualificado en una multinacional y Jesús gestionaba la empresa familiar de maquinaria de obra civil] y encontrar trabajo sin dominar el idioma significa coger lo que te dan, tengas la preparación que tengas, te guste o no. Fueron años de mucho sacrificio», explica. «Cualquier problema pequeño, era gigante allí. Y te preguntas: ‘¿Qué hago yo aquí, si estamos solos del todo?’, reflexiona.

«Hay que tener talento, claro, pero el sacrificio es clave. Jorge ha tenido que afrontar circunstancias complicadas siendo solo un niño, como sus tres graves lesiones cuando dominaba los campeonatos. Nadie le ha regalado nada. Todo es a base de romperse la espalda, como cualquier emigrante», argumenta el progenitor del campeón. «No tiene tiempo de amigos ni de nada. Ejemplo: acabamos la carrera de Turquía; después, 400 kilómetros en coche; cuatro horas de vuelo de madrugada, con llegada a Roma a media tarde; directo al gimnasio y a las 6.50 horas, otro vuelo hacia Holanda, más gimnasio y analíticas. Esta es la vida de un piloto. La lotería les toca a pocos, pero las oportunidades no te vienen a buscar a tu casa», abunda.

Una de las motivaciones más fuertes de Jorge era, precisamente, su propio padre. Lo relata Román Pérez: «Jesús debía prestar atención a los entrenamientos de Jorge. El niño era increíble entrenándose, pero un día haciendo dubis de dos en dos (lo tenía trillado, era sencillo para él, a pesar de tener solo 6 años), no le salían y no sabía decirme la causa. Ese día, su padre estaba muy pendiente del móvil por trabajo. Y hasta que Jorge le gritó ‘‘es que no estás mirándome’’ y Jesús aparcó el móvil para centrarse en él, no le salieron».

Prado asalta la cima a los 17 años

Pablo Gómez

La lesión de su máximo rival le hace ya campeón del Mundo de motocrós, hito que se une al título universal júnior de 65cc y el Europeo de 125cc, y a su arrojo para superar graves lesiones de pulmón, tibia y clavícula

No habrá último asalto por el Mundial de motocrós. Con solo 17 años el lucense Jorge Prado ya es campeón de la categoría de MX2, un hito de precocidad, pues compite como el más joven y menudo del circuito, y una hazaña que dispara las expectativas de cara a su salto a la categoría reina, todavía sin fecha. Con 46 puntos de ventaja sobre el letón Pauls Jonass, compañero en KTM, rival por el oro y defensor de la corona del 2017, Prado debía afrontar el Gran Premio de Italia, en Imola, con solo 50 puntos en juego. Pero este arrojó la toalla y decidió pasar por el quirófano para operarse de una lesión de rodilla. La cita del domingo se celebrará a mayor gloria de Prado, el primer español que alcanza la cima del motocrós mundial en alguna de sus dos primeras categorías -Carlos Campano se impuso en la desaparecida catgoría de MX3-. Un prodigio con todo un futuro por escribir pero ya emparentado con la estirpe de pioneros.

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