Cuando el talento es solo el principio


En varios rincones del mundo hay niños prodigio a los que cualquiera le repite que se van a comer el mundo en cuanto disfruten de medios para explotar su talento. El problema es que no pueden triunfar todos a la vez. Entre los fuera de serie, solo llegan unos elegidos, los que a sus condiciones innatas le añaden una determinación y una capacidad de sufrimiento como las de Jorge Prado. Sus cualidades para el motocrós podían ser genéticas y el sacrificio de su familia para que triunfase en su deporte preferido no tenía límites. Pero incluso así el camino hacia el éxito figura plagado de curvas. KTM y Red Bull le ofrecieron entrenar en Bélgica y la vida de toda su familia se puso patas arriba: su madre renunció a su carrera profesional, su padre se puso a trabajar a más de mil kilómetros de Lugo y su hermana se marchó a vivir a la oscura Lommel, una pequeña ciudad donde no entendía el belga ni las costumbres. En ese entorno de renuncias y sacrificios para los suyos, Jorge aprendió otro idioma, no dejó de estudiar y ganó. Ganó una vez. Y otra. Y otra más. Pero pronto se encontró con que esa vida programada en Bélgica para el éxito se desvanecía con lesiones graves. En tres años sufrió tres fracturas: de costillas en el 2012, de clavícula en el 2013 y de tibia en el 2014. En cada uno de esos palos, cuando nada parecía tener sentido, parado en un pueblo perdido de Bélgica, Jorge exhibió su cuajo de gran campeón. Lo de caer y levantarse es una broma comparado con lo que sufrió en su etapa clave de formación. Otros se quedaron por el camino cuando el destino les exigió un esfuerzo sobrehumano. Prado resistió, y ganó. El futuro vuelve a ser suyo.

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