El domingo que cambió para siempre el fútbol

Se cumplen veinte años de la primera jornada retransmitida íntegramente en pago por visión

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En la jornada número trece del campeonato nacional de liga de la temporada 1997/1998 el Deportivo perdía en el estadio Benito Villamarín ante el Betis por un gol a cero. Alexis anotó el único tanto en el minuto setenta y dos en un choque en el que Djalminha acabaría expulsado. El Celta de Irureta tampoco supo ganar en Balaídos a un Racing de Santander que por entonces era un fijo en la élite del fútbol, ajeno a que el paso de los años le deparaba un largo destierro. Un tanto de Mostovoi abría la lata celeste pero Txema y Beschastnykh, exótico delantero ruso que dejó casi una treintena de goles en los cinco años que pasó sobre el césped del Sardinero, dieron la vuelta al envite. Solo supo sumar aquella jornada el Compostela que empató a cero con el Real Valladolid en San Lázaro. Los platos fuertes del menú dominical: El duelo de históricos en San Mamés entre Athletic Club y Real Madrid y el Atlético de Madrid - Valencia.

Parecía un domingo más. Pero no lo era. Aquel curso fue el último en primera del Club Polideportivo Mérida entre la nobleza balompédica nacional. Entrenados por Jorge D'Alessandro, el «Mono» Montoya, Pablo Alfaro, Momparlet, Radchenko, Biagini, Correa y compañía acabarían con sus huesos en la segunda división, un viaje solo de ida a las profundidades del fútbol. El equipo emeritense, junto a otros ilustres como Salamanca, Tenerife o Zaragoza estaban siendo protagonistas inconscientes de la jornada que cambió el fútbol para siempre.

El domingo 22 de noviembre del año 1997 bien pudo ser el principio, o como mínimo uno de los principios, de eso que, a falta de la definición oficial de los académicos, llaman fútbol moderno.  Veinte años han pasado desde entonces. Aquella fue la primera jornada de liga retransmitida íntegramente bajo la modalidad de «pago por visión», un ambicioso proyecto que ya había sido parcialmente implantado durante ese curso futbolístico con no pocos problemas y polémicas. Controversia a la que no fue ajena aquel fin de semana de otoño. Oviedo y Barcelona tenían cita en el Tartiere y todos aquellos con descodificador y algo menos de 1.000 pesetas disponibles en la cuenta corriente estaban en disposición de sintonizar aquel partido entre el principal aspirante al título y el cuadro entrenado por el hoy seleccionador uruguayo, Óscar Tabarez. Todo fue como la seda hasta el minuto quince. Escoltado por un batallón de guardias jurados, Juan Mesa, entonces gerente del Oviedo, obligó a cortar la retransmisión remitiéndose a una cláusula contractual para este tipo de retransmisiones que impedía la difusión de las imágenes en las zonas cercanas al lugar del partido. En los televisores próximos al Tartiere se dejó de ver el duelo. También en los de Barcelona. A 900 kilómetros de distancia. Los aficionados culés de la ciudad condal fueron efectos colaterales del apagón.

Con el paso de los años los contratos se fueron puliendo, las retransmisiones mejorando, las guerras por los derechos sucediéndose, los ingresos televisivos incrementándose y los transistores, primeras grandes víctimas, apagándose. La posibilidad de disfrutar o sufrir con los partidos como local, pero sobre todo fuera de casa, desde el sofá, cambió para siempre la relación entre el aficionados y equipos. Fue un cambio lento, progresivo, pero se estaba asistiendo en cámara súper lenta a una patada al balón que acabaría con el esférico en otros continentes. Nadie fue excesivamente consciente de la magnitud del cambio. Los horarios, anclados a la tradición de las cinco de la tarde, parecían inamovibles. La cultura futbolística del carrusel radiofónico, demasiado arraigada. El partido en abierto de los lunes, implantado la temporada anterior, un extraño experimento con pocos visos de éxito. Pero al «fútbol de toda la vida» le había salido una grieta. Entre el no se vio y el no se quiso ver retiñía un sonido. El del jugoso tintineo de las pesetas (más tarde los euros) que multiplicaban los ingresos de los equipos. Con la retransmisión de aquel domingo ante el Racing de Santander el Celta ingresó casi medio millón de pesetas. Empezaban las negociaciones por el reparto televisivo, un asunto en el que aún a día de hoy mira con envidia la eficiencia y pragmatismo británico. 

Lo que vino después (incremento de los precios de las entradas, bancadas exóticamente pobladas, estadios convertidos en atracciones turísticas) puede relacionarse más o menos con este cambio de paradigma, no tanto los actuales horarios que sí parecen indivisiblemente ligados a ese primer golpe de mando a distancia que acercó el balón a los hogares sin importar las distancias.

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La pérdida de la esencia, de la proximidad, del sentimiento de pertenencia dicen los más críticos . Pero sería poco objetivo solo fijarse en la columna de las contras sin reparar en la de los pros. Sin ese paso sería imposible que la liga hubiese adquirido las dimensiones que hoy tiene. Es cierto que Madrid y Barcelona han hecho en los últimos años, salvo un oasis colchonero, de la liga un caramelo que solo ellos comparten. Son también los que más dinero reciben de las televisiones. Pero también es cierto que la liga inglesa, ejemplo recurrente del que reparte y bien reparte, alterna campeones sin un claro dominio y hace apenas dos temporadas un recién llegado levantó el trofeo de campeón. Tal vez en esto no exista el bien y el mal. Seguro que sí existen las cosas bien hechas y las cosas mal hechas.

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