Las ruinas olímpicas


Las ruinas más impresionantes de los Juegos no están en Olimpia. Allí todavía se ve la tierra quemada, el rastro del fuego que llegó a amenazar los restos. El pobre Zeus estuvo asediado como un vulgar mortal durante aquella ola de incendios que torturó a los griegos. Pero fue como si la intervención divina hubiera protegido el santuario del deporte. En Atenas el drama es mayor. Piscinas olímpicas, concebidas para supuestos baños de gloria, criando cosas mucho peores que las malvas. Instalaciones decadentes y blindadas con alambradas, como esas viejas fábricas que hace tiempo eran funcionales empastes y ahora molestan como caries gigantescas. Decrépitos panteones donde yacen las victorias. Aunque, a fin de cuentas, la capital helena encendió la llama en el 2004. De Río de Janeiro todavía se escuchan los ecos. El rugido iracundo del público intentado tumbar a Nadal frente a Bellucci. La alegre explosión de la grada al descubrir que las chicas del equipo español de gimnasia hacían que las cintas bailaran samba en el aire. El silencio mientras el balón lanzado por Anna Cruz se dirigía hacia la canasta y hacia semifinales en el último segundo del España-Turquía. El esprint dorado de Toro y Craviotto. La irrupción de Simon Biles. La estela de Michael Phelps. Han pasado solo seis meses. Pero algunos de los escenarios de estas gestas son ya pudrideros, los escombros de la burbuja olímpica en un país que ya tenía suficientes cascotes. Una lección de la que a muchos miembros del COI, esa aristocracia coronada con aros, no les conviene aprender.

En Múnich, pagando un módico precio, como en cualquier piscina municipal, es posible bañarse allí donde Mark Spitz conquistó siete oros en 1972. Puede que al lado, en el estadio olímpico, se esté montando el escenario para algún concierto. Y si es verano, seguramente habrá puestos de salchichas y cerveza. Muchos recuerdan los Juegos de Múnich, aquellos que no se pararon a pesar de la masacre sufrida por el equipo israelí. Queda claro que el show debe continuar hasta que se apague el pebetero. ¿Y después? No importa que después solo quede humo. Ya solo existe la próxima ciudad.

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