Cuando el día puede ser infinito

Xosé Ramón Castro
x. r. castro VIGO / LA VOZ

DEPORTES

El domingo corrió por la mañana el maratón de A Coruña, cruzó Galicia al mediodía y dirigió a su equipo en Monterrei por la tarde

21 abr 2016 . Actualizado a las 13:55 h.

Se levantó a las seis de la madrugada del domingo, invirtió 3 horas y 28 minutos en cubrir su primer maratón en A Coruña, cogió el coche para recorrer 220 kilómetros hacia una de las últimas localidades de Ourense camino de la meseta para dirigir a su equipo, y tras perder con el Monterrei volvió a subirse a su vehículo con destino Vigo. A las nueve y media de la noche (15 horas y media después de comenzar el día) llegó a casa. Con un bocadillo en el estómago en un bar de carretera.

El protagonista de semejante frenesí es Julio Álvarez-Buylla (Vigo, 1973) el polifacético entrenador del histórico Gondomar, cuarto en el grupo sur de Preferente en la actualidad. Un ingeniero industrial que llegó al atletismo por una apuesta en la comida de navidad de 2014. Cuatro meses después estaba corriendo la Vig-Bay y desde entonces se ha convertido en un asiduo de las populares. Pero al entrenador le quedaba el reto de afrontar una maratón y eligió A Coruña para su bautismo en la mítica distancia. «Me levanté a las seis, desayuné y me fui andando hacia el circuito a eso de las siete y media». Fue la primera etapa de un día al galope. Luego llegó el maratón. Había trabajado con horarios espartanos para alcanzar la línea de meta en 3h 30m, pero consiguió rebajar el crono en dos minutos. «Estoy contento del tiempo», comenta a la vez que admite que el temido muro llegó en el kilómetro 35. «Había hecho rodajes hasta el 32 y ya me habían avisado de que aparecería a partir de ahí y así fue, pero con refuerzos positivos (sacando a relucir sus estudios de psicología deportiva) y la ayuda de los compañeros conseguí superarlo. La entrada en la meta fue muy especial», recuerda.

El tiempo de la carrera formaba parte del plan. Para llegar a Monterrei no podía estar más de tres horas y media en las calles de A Coruña, así que nada más acabar, cogió la medalla, se despidió y tras una ducha se metió en el coche. Más de 200 kilómetros para cruzar Galicia en diagonal de este a oeste. Se comió un bocata en un área de servicio -«después de correr el cuerpo tampoco te pide más»-, aprovechó la carretera para cambiar el chip y programarse en modo entrenador y llegó a Monterrei (Verín) con el tiempo suficiente para dar indicaciones a su equipo. «Me recibieron con un aplauso en el vestuario, el único que me han dado en toda la vida», bromea Álvarez-Buylla.

Dirección de partido

Durante el partido ni más nervios, ni bloqueo mental en la toma de decisiones ni cansancio. Vio de pie todo el encuentro. «Estaba muy contento por la maratón y viví el partido con normalidad. Nos jugábamos mucho y había que estar muy atentos». Al final lo único malo del día fue el resultado, perdieron por 1-0 con el colista de la categoría y no pudieron aprovechar el pinchazo del Céltiga, uno de los rivales por el ascenso. «La verdad es que quedé un poco chafado, pero solo puedo felicitar al equipo. Intentamos el gol de todas las maneras, pero fue imposible».

Menos eufórico que en el viaje de ida se subió al coche Julio para emprender viaje de regreso a casa. Ya de noche, después de las nueve hacía acto de presencia en su domicilio. «Sarna con gusto no pica, son dos actividades muy importantes para mí, aunque primero está lo de entrenador», comenta a modo de resumen.

¿Y volvería a hacerlo? No, pero no porque le haya supuesto un esfuerzo extraordinario, sino porque en su cabeza ya anida un nuevo reto: la larga distancia, pero en el mar. El Desafío Cíes del 2017 ya ronda en su cabeza.