Marta Domínguez, el último capítulo de la España del dopaje

La sanción a la atleta cierra una década de permisividad con las prácticas prohibidas


redacción / La Voz

«Soy muy competitiva... me gusta ganar, aunque sea con trampas». Cuando se conoció la sentencia del Tribunal Arbitral del Deporte (TAS) que condenaba a Marta Domínguez a tres años de suspensión por valores anómalos en su pasaporte biológico, en las redes sociales se encargaron de recuperar unas declaraciones que la atleta palentina había realizado en una entrevista. Con aspecto sonriente, en un ambiente distendido, Marta Domínguez rompe a reír a carcajada limpia poco después de concluir una sentencia que resume a la perfección lo que ha sido la España del dopaje. Su caso, quizás sea el último eslabón de una cadena que durante más de una década puso al deportes español en cuarentena ante los organismos internacionales. Y no solo eso, llevó al país a convertirse en un auténtico santuario al que peregrinaban figuras del primer orden mundial, como Lance Armstrong, para doparse. La sanción y la retirada de los títulos a Marta Domínguez es más que un golpe a la credibilidad de una sola persona -pese a lo que dijeron el jueves dirigentes como Alejandro Blanco-, parece el último capítulo de una España volcada en triunfar a cualquier precio.

Hace once años Jesús Manzano empezó a relatar en las páginas del diario As cómo el dopaje era en el pelotón una tarea habitual dentro del cronograma de los equipos. A toda velocidad, a Manzano le llovieron insultos de sus compañeros de profesión. Directores y corredores se apresuraron a denigrarlo. Las atrocidades que narraba, la forma en la que destruía su cuerpo por asegurarse el siguiente contrato, eran propias de un resentido, decían. De un drogadicto, de un mediocre al que le costaba encontrar equipo. Era una multitud frente a una pulga. Y a las palabras de Manzano les costó encontrar poso entre el público. Pero sonaron creíbles para los investigadores que llevaban tiempo, advertidos desde fuera, con la mosca detrás de la oreja.

Así se cruzaron los caminos del hoy director de la Agencia Española para la Protección de la Salud en el Deporte (Aepsad), Enrique Gómez Bastida, y de Jesús Manzano. A Bastida, como teniente de la Guardia Civil, le tocó con 28 años dirigir la operación Puerto en la que se derribó el entramado del médico Eufemiano Fuentes para lucrarse con el dopaje. Entre las bolsas de sangre y anotaciones, aunque no era su cometido, los investigadores adivinaron el nombre de algunos de los mejores deportistas españoles. De allí, por ejemplo, salió una sanción para Alejandro Valverde y también el seudónimo Urko, que atribuyeron a la senadora del Partido Popular. Pero a diferencia de otros países, España no tiene ni un solo arrepentido de primer orden. Ni Heras, ni Beloki, ni Valverde, ni Contador, ni los remeros de Urdaibai, ni, por su puesto, Marta Domínguez.

El jueves cuando se supo que el TAS condenaba a Marta Domínguez, mucho deportistas españoles, sobre todo, jóvenes, recriminaron a la atleta su fraude. Al menos, en una década, eso sí parece haber cambiado.

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