El partido de Copa entre el Deportivo y el Málaga se disputó en un ambiente frío y desangelado, con la afición en escaso número y aún en estado de «shock»
04 dic 2014 . Actualizado a las 08:16 h.El deportivismo pasó ayer revista a los acontecimientos de las últimas horas en un partido que lo situó cara a cara con sus sentimientos. La ida de los dieciseisavos de final de Copa ofreció un Riazor desangelado, todavía en estado de shock y con los nervios a flor de piel.
Pese a que la noche reformó el desapacible día de temporal en A Coruña, ni así el estadio alcanzó el aforo habitual de las jornadas de Liga. Con la grada de General desnuda y con la única vigilancia del personal de seguridad del Deportivo, tras el anuncio del consejo de administración de prohibir la entrada a los Riazor Blues, sus habituales ocupantes, la sensación de irrealidad se acrecentaba para los escasos 10.000 aficionados que acudieron.
El aire de tristeza era tan evidente que un silencio impropio del fútbol saludó el pitido inicial del árbitro. Más estridente que nunca, el silbato rompió ese ambiente casi de recogimiento que rezumaba la grada y, seguro, infectó a los futbolistas.
Los blanquiazules supieron que aquel no era un partido más desde el pasado lunes, cuando abrieron el entrenamiento con un minuto de silencio, pero no quedó lugar a dudas cuando hora y media antes del comienzo se bajaron del autobús en la puerta del estadio. Casi había tanta prensa como aficionados, aunque los pocos que se citaron saludaron su llegada con aplausos.
Si poco se pareció el encuentro de ayer a cualquier otro, en los minutos previos, cuando las puertas del estadio aún permanecían cerradas, la calle respiraba incredulidad. Poco más de 72 horas habían transcurrido desde que Francisco Javier Romero Taboada falleció en un hospital de Madrid tras recibir una brutal paliza por parte de hinchas del Frente Atlético.
Altar
El suceso copaba las conversaciones, todas en voz baja, apenas musitadas, entre los aficionados que se desplazaban por los alrededores de Riazor en aquella hora. Había la seriedad que tiñe la rabia. Pero sobre todo se palpaba mucha incredulidad por la trascendencia de lo recientemente vivido. Nadie se quiere creer que este espectáculo en el que tan a menudo risas y sufrimiento se dan la mano, esta vez sirviese de epílogo a un suceso sin marcha atrás como aquel.
Al pie de la torre de Maratón, la vetusta construcción que guarda las espaldas de la grada de General, la más silenciosa del partido de ayer, se colocó un pequeño altar con velas y flores en recuerdo del hincha fallecido. «Jimmy con nós», rezaba la pancarta colgada de la torre sobre un suelo alfombrado de bufandas blanquiazules. También había flores y hasta algún mensaje escrito con prisas a bolígrafo, pero el lugar rezumaba sobre todo esa tristeza que envuelve todas y cada de las muertes, especialmente las irracionales.
La fuerte presencia policial marcaba también el ambiente previo al desangelado encuentro. A la expectativa de cualquier incidente, que finalmente no se produjo, al menos cuatro furgonetas de la policía nacional custodiaban las puertas cerradas de la trasera del estadio, aunque lo cierto es que la presencia de las fuerzas de seguridad también se palpaba en otras zonas.
El partido que siguió a aquel que nunca debió disputarse dibujó a un deportivismo silencioso y doliente. El sábado, cuando el fútbol regrese a Riazor y estos dos mismos equipos se vuelvan a enfrentar esta vez en jornada de Liga, llegará la hora de que la herida comience a cicatrizar.