El cénit de toda una generación

A falta de un título, la exhibición coral ante Brasil premia ocho años de fútbol delicioso en Alemania


Redacción / La Voz

Estrellas en media Europa, un estandarte como en Bayern de Múnich, el bombeo incesante de jóvenes y un estilo reconocible en la selección convirtieron a Alemania en una de las potencias más interesantes de la última década. Pero un maldito gol de Fabio Grosso en el minuto 119 de la prórroga frustró su Mundial del 2006, con todo listo para su título. Sucedió ante Italia en la semifinal del Westfalenstadion de Dortmund. Aquella herida aún escuece porque, torneo tras torneo, perdió en las últimas rondas con el aprecio del público a su fútbol festivo. «Para ser una generación recordada, necesitamos títulos», apremió el capitán, Philipp Lahm, antes de la Eurocopa del 2012. El Mundial aún no le pertenece, pero la Mannschaft ya tiene una proeza que sobrevivirá a sus protagonistas, el 1-7 del Mineirazo ante Brasil, el reverso de aquel trauma de Dortmund.

Belo Horizonte marca el cénit de toda una generación, el partido cumbre de los diez titulares más habituales, que se mueven entre los 24 años de Kroos y Muller y los 30 de Lahm, futbolistas como Neuer (28), Jerome Boateng (25), Hummels (25), Howedes (26), Khedira (27), Schweinsteiger (29) y Ozil (25). El once se completa, según el día, con Mertesacker (29), Gotze (22) y el veterano Klose (36), y cuenta con el mejor suplente del Mundial, Schurrle (23), para incendiar los finales de los partidos.

«Un equipo como pocas veces vi», resume el exseleccionador argentino César Luis Menotti en declaraciones a la agencia DPA. Su fútbol ofensivo nace en cimientos firmes. Si el Balón de Oro premiase a un portero, como solo hizo en 1963 con Lev Yashin, el premio podría reconocer este año a Manuel Neuer, indiscutible como uno de los grandes nombres del Mundial. El rol de capitán lo ejerce Lahm, líder espiritual del grupo tanto de medio centro como de lateral. Hummels lidera la defensa con elegancia, talento y vocación ofensiva. Desde ahí nace una idea que elogia Diego Maradona: «Juegan bien, y no te fallan un pase, tienen buen pie».

Schweinsteiger y Khedira honraron la estirpe de dos verdaderos todocampistas ante Brasil, feroces para recuperar balones, orfebres para fabricar joyas alrededor del área. Por delante, la confirmación del torneo, cerebral como la vieja Alemania, talentoso como el mejor media punta. «Del Mundial, quien más me gusta es Kroos. El chico lo hace casi todo bien. Tiene un manejo del balón casi perfecto». Sentencia de Johan Cruyff.

Con los altibajos propios de un Mundial, un torneo de siete partidos, Alemania construyó su gran obra al ritmo de los medias puntas, la línea que mejor le define. La estética y vistosidad de los pies de Ozil se transforma en colocación, inteligencia y remate en Muller. El seleccionador, Joachim Low, pide prudencia: «Nadie debería sentirse invencible». Y mantiene durante minutos en el banquillo, como león enjaulado, a Schurrle, despiadado en los arreones finales para rebasar jugadores como quien aparta cadáveres. Alemania termina en Klose, cordón umbilical con el equipo marcial de antaño. Todos serán ya recordados tras alcanzar su cénit. Ya solo les falta el título.

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