Un capitán de récord para Brasil

Después de un año difícil, Casillas regresa a la selección donde su leyenda se ha agigantado


redacción / La Voz

Ha sido uno de los años más complejos de su carrera. La huida de José Mourinho del banquillo del Real Madrid, el hombre que lo había relegado a la suplencia, le abrió de nuevo el camino de la portería blanca. Sin embargo, Carlo Ancelotti perpetuó la decisión de su antecesor en el cargo. Eso sí, con un matiz: Iker Casillas (Móstoles, 1981) se encargaría de defender a los de Chamartín en la Copa de Europa, esa perenne obsesión de la casa blanca. El italiano, con infinita más mano izquierda que Mou, trataba de equilibrar sensibilidades tanto en el vestuario como en la grada. La solución transitorio le dio resultado. En Lisboa abrochó la décima con Casillas bajo los palos y eso a pesar de que el madrileño no estuvo fino. Una salida en falso propició que el Atlético jugase con ventaja hasta el último suspiro. Pero su ángel, ese que le guarda las espaldas en las grandes citas, regresó para rescatarlo de las llamas del infierno. Aquel día se llamaba Sergio Ramos.

Ahora Casillas vuelve a jugar con España, donde es sinónimo de récord. El hombre que más veces ha vestido la camiseta de la absoluta ostenta también el mayor número de partidos con la portería a cero. No hay otro portero en la historia que haya dejado tantas veces inmaculada la meta de su selección. El capitán de la campeona del mundo lo ha hecho en nada más y nada menos que en 92 ocasiones. Lleva desde el Mundial de Alemania sin encajar un gol en eliminatorias de Eurocopa o Mundial (el último, el que le hizo Zidane). En total, diez partidos y algo más de mil minutos. Y está a un paso de los récords de imbatibilidad en los dos torneos. Casillas acumula 509 minutos sin encajar en el torneo continental y 433 en el planetario. Van der Sar, con 541, y Zenga, que firmó 516, poseen respectivamente los dos registros más brillantes. Y para la historia ya quedaron acciones prodigiosas como los penaltis parados a Italia, que daban la clasificación a España para las semifinales de la Eurocopa del 2008, una tanda que rompía el maleficio de los cuartos de final que perseguía a la selección; la pena máxima que le detuvo a Cardozo en Sudáfrica, que acabaría transportando a España hacia la final; y el remate que le sacó con el pie a Robben durante el encuentro decisivo por la gloria en el estadio Soccer City de Johannesburgo.

Aquella parada demostró a todo el mundo que Casillas es un portero distinto, moldeado de otra pasta, que posee un sexto sentido que lo ilumina en los instantes decisivos. No solo sus compañeros de profesión se lo reconocen. Distinguidos guardametas han alimentado su buena estrella. «Hay porteros que tienen ángel y el de Casillas es enorme», reconocía en una entrevista Hugo Gatti, quien agregaba: «Y eso no se puede entrenar, o se tiene o no se tiene». Incluso el propio capitán de la selección se ha sumado a esta corriente. «Empiezo a creer que sí, que tengo un ángel de la guarda que siempre vela por mí», destacaba el madrileño poco después de haber levantado la Champions en el estadio Da Luz, tras haber puesto un broche de oro inmejorable a una campaña de sudor y lágrimas. Y ahora todavía le queda el plato fuerte, en el que ya le sobra experiencia.

Cuarto Mundial para el portero

No en vano, el de Brasil será el cuarto Mundial del guardameta madrileño, que debutó con España en el año 2000 y luego, tras la baja de última hora de Santi Cañizares, se hizo con la titularidad en el de Japón y Corea en el 2002. Bajo las órdenes de José Antonio Camacho en aquella cita donde una de las anfitrionas, Corea del Sur, apeó al combinado nacional en los cuartos, Casillas comenzó a esbozar todo lo que vendría más tarde. El choque ante Irlanda retrató cómo su figura se iba agigantando. Detuvo un penalti durante el tiempo reglamentario que alimentó la esperanza de los españoles y completó la gesta en la tanda decisiva parando dos lanzamientos más. Era ya un niño que se convertía en hombre y un hombre que emitía señales de que no iba a ser un jugador más.

El tiempo ratificó lo que su primera incursión en una cita histórica había revelado. No solo se mantuvo como un fijo en las alineaciones de Luis Aragonés, primero, y Vicente Del Bosque, más tarde; sino que ha funcionado como el elemento que ha cohesionado un grupo formado en su gran parte por futbolistas de dos clubes irreconciliables: el Madrid y el Barcelona. Apoyado por Xavi Hernández, el amigo con el que conquistó en 1999 el Mundial sub-20, se exprimió para conseguir que todos los seleccionados aparcasen las diferencias que habían mantenido en la pugna por la Liga cuando se vistiesen de rojo. Aquello incluso le costó la incomprensión y el aislamiento en su día a día.

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