Sirve a baja intensidad, juega pendiente de esa limitante lesión de espalda que arrastra desde Australia y añora este año una victoria concluyente en tierra contra uno de los verdaderos favoritos, pero si gana hoy, todos los matices quedarán reducidos a anécdota. Nadal habrá vuelto definitivamente si derrota a Ferrer en unos cuartos de final de máxima exigencia en Roland Garros al mejor de cinco sets. El triunfo le permitiría imaginarse el lunes en la torre Eiffel con la Copa de los Mosqueteros. Porque, abatido Ferrer, solo habría un desafío más exigente sobre arcilla, una final contra Djokovic, su verdadero martirio en los últimos meses.
Resta como en un movimiento casi reflejo, devuelve todo, construyó una voluntad de hierro y pega duro y sin lagunas desde el fondo de la pista. Cuando Ferrer se planta frente a Nadal, Rafa encuentra hasta cierto punto una copia -aunque no tan bien acabada- de su propuesta. Un detalle los diferencia, un asunto fundamental en el tenis, un deporte donde el jugador pelea en solitario y la cabeza condiciona cada paso. Nadal vuela por el presente de este deporte con el respaldo que le conceden sus ocho títulos de Roland Garros para un total de 13 grandes, mientras que Ferrer daría cualquier cosa por levantar un major.
Cuando las diferencias en la pista se estrechan, como pasa en tierra desde hace un tiempo entre ambos, la cabeza marca la diferencia. Ferrer gana en ilusión por alcanzar su cumbre, pero Nadal juega respaldado por su apabullante palmarés.
El arranque en París recargó la confianza del ocho veces campeón, pese a sacar con precaución por sus molestias de espalda. Solo a su mejor nivel podría derrotar a Ferrer. Ya no vale guardar nada, porque el futuro se decide hoy.