Ruth Beitia se ha quedado sola en la larga transición del atletismo español. En Sopot escenificó la realidad. Se convirtió en el llanero solitario del presente y como siempre, no falló. Exhibió una vez más su fiabilidad. Porque más que cántabra, que también, parece suiza. Por su precisión. Tenía acreditados dos metros y los clavó.
Su medalla es un baño de bronce, muy sabroso para los tiempos que corren, pero también de realismo. A la espera del aire libre, un poco más lustroso históricamente, el momento invernal del atletismo español en el concierto mundial es este.
Pero lo mejor es que hay futuro. Que la capitana, retirada y recuperada para la causa, tiene a quien entregar su legado. No por el momento en el salto de altura, pero sí en un puñado de disciplinas en donde los jóvenes han dado un golpe encima de la mesa con la gallega Ana Peleteiro a la cabeza.
La duda ahora es saber cuando Ruth parará de disfrutar y decidirá ponerse de nuevo los patines como hizo el invierno pasado en su amago de adiós. Si la capitana tiene cuerda hasta Río ejercerá de mamá de la nueva generación. El faro que alumbre el despertar de una nueva época para un atletismo que todavía tiene que tirar de retrovisor para superar sus años más oscuros, lejos de las grandes potencias, incluso europeas. Mientras, el nombre de Ruth suena a bendición.