Gómez Noya adquiere una postura más aerodinámica para rebajar sus tiempos en bicicleta
09 ene 2014 . Actualizado a las 22:43 h.Es un enemigo invisible. Difícil de combatir, permanece oculto, pero puede ser determinante para ganar carreras, para atacar el cronómetro. Disminuir el rozamiento de los cuerpos en movimiento contra las moléculas del aire ha sido uno de los grandes desafíos de la aerodinámica, una rama de la dinámica de fluidos que se ha esparcido por todas las disciplinas deportivas durante las dos últimas décadas. Vital en el automovilismo, ciclismo, atletismo o, más recientemente, en el triatlón. Esconde la llave de una puerta que da acceso a unas milésimas menos, a las centésimas que diferencian la gloria del fracaso, a los segundos que distinguen el primer del segundo peldaño del podio.
La batalla para desplazarse de la forma más eficaz por el compuesto de nitrógeno y oxígeno -principalmente- que respiramos a diario se lleva a cabo en el denominado túnel del viento. Unas instalaciones donde a través de grandes turbinas se simulan las condiciones en las que compite cada deportista y en las que, gracias a un compendio de dispositivos, los ingenieros pueden evaluar y reducir su resistencia o la de los materiales que necesita para disputar cada prueba.
Uno de los últimos en probar las bondades de este tipo de trabajo tecnológico ha sido el tricampeón del mundo de triatlón Javier Gómez Noya. El ferrolano probó a final de la temporada pasada el centro del que dispone para este fin la marca norteamericana Specialized, la que se encarga de suministrarle el material de ciclismo. Fruto de ese trabajo en Morgan Hill, cerca de San Francisco, el ferrolano modificará su postura sobre la bicicleta. Bajará dos centímetros el manillar, para lo que deberá elevar y adelantar el sillín. Los modelos predictivos muestran que podrá recortar a sus tiempos más de 30 segundos en distancia olímpica (40 kilómetros) y más de un minuto en las competiciones de media distancia, las conocidas como 70.3 (90 kilómetros).
«Lo primero que haces es subirte a la bicicleta y allí el equipo de biomecánicos comprueban cómo te colocas sobre ella y tratan de corregirte los errores que se aprecian a simple vista», comenta Gómez Noya. «Después, -continúa el triatleta- accionan los grandes ventiladores que, sorprendentemente, se encuentran detrás de ti. En mi caso los regularon a una velocidad de 40 kilómetros hora, que es a la que solemos rodar, pero pueden llegar hasta los 300».
El artefacto al que está subido Gómez Noya se encuentra sobre una balanza que mide la fuerza que proyecta el triatleta hacia el suelo en su encuentro con el aire en movimiento. Está conectada a varios ordenadores que recogen los datos y los transforman en gráficas de rendimiento para el análisis de los ingenieros. «Cuando levantaba la cabeza se disparaban los parámetros», dice la plata en los Juegos de Londres mientras sonríe.
«Pero no me tuvieron que cambiar demasiadas cosas, ya tenía una postura bastante eficiente», resalta, antes de añadir: «También es importante no olvidarse de la comodidad del deportista, porque si no puedes aguantar la postura, si no puedes pedalear con soltura, esto no sirve de nada».