En el fútbol nunca se olvida lo que de verdad duele. Los éxitos ajenos, por muy sonados que resulten, no borran el dolor propio. Los partidos en donde no participa el equipo de uno, lo sucedido le deja un recuerdo superficial. Como apenas duele, o duele muy poco, menos aún cuando se le compara con esos otros decisivos que siguen grabados por mucho tiempo, incluso años, en la mente del seguidor que lo sufre como es el caso de los deportivistas en los momentos actuales. Veo el ejemplo en mi estado de ánimo, después de haber centrado el interés en la final de Wembley, anticipando que se veía de sólido color azulgrana. Sin embargo, a lo largo de ayer domingo, sin fútbol en Primera División, continúa pesando mucho más lo sucedido el sábado anterior en Riazor que lo de anteayer en Wembley, en donde pasó lo que tenía que pasar, como diría el abogado coruñés Iglesias Corral.
Veinticuatro, cuarenta y ocho, o más horas y más días, el aficionado al fútbol centra siempre toda su atención en el entorno de su equipo. Los celtistas, ansiosos por que el Celta confirme su ascenso. El deportivismo, cada día más expectante por saber si el club modifica su rumbo, algo que a la vista de las últimas declaraciones (no confundirlas con una rueda de prensa en donde se admiten preguntas) no sucederá, salvo que «los bancos o Hacienda se vuelvan locos».
Sobre esos últimos temas de actualidad se centra la atención de los aficionados. La final de la Champions ya entró en la historia.