Corre la primavera del 2016. Mariano Rajoy se presenta a la reelección como presidente del Gobierno, las rías gallegas siguen emporcalladas y las grúas trabajan en el Gaiás sin que nadie sepa para qué. Mientras tanto, Rafa Nadal llega puntual a la gran gira de tierra. Busca el duodécimo título en Montecarlo, el undécimo en Barcelona, el octavo en Madrid y el undécimo en Roma. Al final del camino, le espera Roland Garros. Empezó el año en Australia y afrontó luego la gira sudamericana de tierra, para aprovechar sus prestaciones en su superficie favorita. Allí también prolonga su dominio en los torneos de Santiago de Chile, Costa do Sauipe, Buenos Aires y Acapulco. A la vuelta de Wimbledon, volverá a la arcilla de las entrañables citas de Bastad, Hamburgo, Gstaad y Kitzbuhel. Ya habrá tiempo después para atacar el US Open y el Masters sobre pista rápida. El mallorquín ha pulverizado récords mastodónticos, los 109 títulos ATP de Jimmy Connors, los 45 torneos ganados sobre tierra de Guillermo Vilas, los seis Roland Garros de Bjorn Borg?
Solo es ficción. Porque Nadal eligió hace años el camino más difícil. Prefirió perder, sufrir y mejorar en pista rápida para así poder completar los cuatro títulos del Grand Slam, como logró en septiembre. Antepuso su escalada entre los más grandes del tenis de todos los tiempos, al aplauso fácil en torneos medianos sobre tierra. Solo juega las grandes citas sobre arcilla. Lo sencillo habría sido gustarse en su terreno, convertirse en un especialista. Hoy conserva intactos sus argumentos sobre polvo de ladrillo, pese a que se trata de una superficie que solo pisa un par de meses al año. Esta vez, viajó de Miami a Montecarlo sin tiempo siquiera para preparar el cambio. Y ahí sigue. Invencible.