El mito del buen gestor

Fernando Hidalgo Urizar
Fernando Hidalgo REDACCIÓN / LA VOZ

DEPORTES

Lendoiro, en clara decadencia, acumula fiasco tras fiasco esta temporada

06 mar 2011 . Actualizado a las 06:00 h.

Lendoiro lleva años fabricándose una imagen de gran gestor capaz de sacar conejos de la chistera, la de un águila de las negociaciones que derriba a sus adversarios sentándolos con nocturnidad alrededor de una generosa mesa. Sin embargo, las vacas flacas han acabado de triturar la propaganda sobre sus capacidades hasta desnudarlas. Ahora que no hay dinero, cuando más falta hace una gestión eficaz y profesional, es cuando revientan todas las costuras de su dirección con casos como el de Javito y Rindaroy, por ejemplo. ¿Sorprende que un gran gestor (lo dice Lendoiro de sí mismo) acumule fiasco tras fiasco esta temporada? En realidad, no. Un análisis de su trayectoria desmonta con facilidad al hábil negociador que siempre se salía con la suya en las largas noches de tira y afloja.

Toda esta parafernalia de las noches lendoirianas nace de un mito al que los hechos desmienten una y otra vez. A lo largo de los años, Lendoiro ha cerrado numerosos contratos con nocturnidad y generosidad. Tras cenas eternas, en largas sobremesas al calor de los vapores, ha discutido, negociado con alegría y firmado finalmente contratos millonarios para todos. Ha fichado caro, carísimo y ha firmado fichas enormemente gravosas para el Deportivo. Así recordamos los casi dos mil millones de pesetas pagados por el Toro Acuña y su ficha anual de casi doscientos. También está el caso de Bodipo, al que en el 2006 firmó un jugoso contrato (algunas fuentes lo han cifrado en un millón de euros al año) y nada más y nada menos que hasta el 2013, según su agente; el de Djorovic, un jugador que cada minuto de juego le costó al Dépor un millón cuatrocientas mil pesetas; o el caso Sergio González, del que Lendoiro siempre dijo orgulloso que fue una de las negociaciones más difíciles de su vida. Por este futbolista, que tuvo que denunciar al Deportivo por impago, se cotizó casi tres mil millones de pesetas y se le puso una ficha millonaria (en euros), que todavía no se ha pagado al completo. Los casos de despilfarro bajo el encanto de la noche son numerosísimos.

La lista de negocios de dudoso beneficio para el Dépor es alta y la mayoría de los grandes jugadores que aterrizaron en A Coruña no fueron mirlos blancos comprados a precio de saldo. Eran muy buenos jugadores que fueron pagados como tales. Casos como Manuel Pablo, que llegó como paquete de Turu son minoría, mientras por Changui e Iván Pérez se pagaron 500 millones de pesetas, por no hablar de los Manteca Martínez, Abreu y demás. La imagen de los buenos negocios que Lendoiro cerró por la noche o por el día no aguanta un riguroso examen, habiendo sonoros fracasos pagados a precio de oro. La relación calidad-precio-rendimiento no ha sido casi nunca la de un conejo de la chistera.

Pero al margen de los fichajes y de los contratos de los futbolistas, luego viene la gestión del club día a día. Lendoiro es el presidente mejor pagado de la Liga, lo que debería llevar implícito una obligación profesional mayor de la que de oficio se supone a quien gobierna una empresa. Al margen de la situación deportiva del Dépor, propia de un club que se ha ido degradando progresivamente, el deportivismo ha vivido esperpentos que están afeando la imagen del club. El caso Javito clama al cielo. Lendoiro calificó la presentación de los tres refuerzos de invierno como de «subidón». Sin duda, un subidón efímero que ha derivado en bajón y ridículo internacional en el que incluso ya es irrelevante que la culpa sea o no de los griegos. La incapacidad ha sido notoria. Otra muesca en la chapuza diaria del Deportivo es Rindaroy, de vuelta, pero sin ficha. A todo esto hay que añadir el capítulo de las lesiones, una cuestión que ha puesto de manifiesto que en la salud de los futbolistas no se puede ahorrar un euro. Y todo sin olvidarnos de las entradas duplicadas en Riazor, de los numerosos embargos sufridos, de los juicios perdidos, las denuncias recibidas, los pagos reducidos a la plantilla, los insultos al discrepante, una auditoría que siembra de dudas sobre la contabilidad, el oscurantismo extremo como filosofía... y un sinfín de malas gestiones salidas todas de la chistera de Lendoiro, que se aferra al cargo haciendo ver que, tras él, la nada, como si en realidad el Deportivo no estuviera ya huérfano de un gobierno digno de una entidad centenaria.