En la apertura de la final vimos el carácter de un campeón que ni en los peores momentos elude su responsabilidad de representar a su país. Nadal sacó el primer partido adelante gracias a su categoría de campeón, a su mentalidad, porque ganó incluso jugando mal en el primer set.
Después de que en la temporada pasada no pudiese disputar la final, Nadal necesitaba ahora la Copa Davis para no cerrar el año con tres derrotas como las del Masters. Entró al partido con Berdych como en las últimas semanas: con un juego corto, sin llevar la iniciativa y a expensas del rival. Durante mucho tiempo, dependía de los aciertos o errores del checo. En esa situación, jugando mal, se vio su mentalidad de campeón para resistir y agarrarse a la pista hasta llegar al 5-5 y encarrilar después el encuentro.
Luego vimos la metamorfosis de Nadal. Se esfumó el jugador de los últimos meses que iba siempre a remolque. Empezó a jugar más largo, a llevar la iniciativa y a provocar fallos, no solo a esperarlos. Porque enfrente, además, tenía a un rival que no sabe defenderse. Así que, en cuanto tomó el mando, ya dominó el juego y el marcador.
¿Qué cambió entre la primera y la segunda parte del encuentro de Nadal? Empezó a restar más plano, sin enroscar tanto la bola, y a ir a por los puntos ya desde el segundo golpe. El mallorquín, encima, fue de menos a más, de su versión reciente al tenis al que nos tenía acostumbrados. El triunfo tiene un gran valor para el mallorquín desde el punto de vista de la confianza, que había perdido.