Un estilo. Eso es todo lo que puede prometer la selección española. La condición de favorita no se discute, se gana; y España, desde que Luis Aragonés dio con la clavija antes de la Eurocopa del 2008, se lo ha ganado con una trayectoria espectacular. La campeona de Europa y primera del ránking de la FIFA ha superado en los últimos años a casi todos los grandes (solo Brasil no se ha cruzado en su camino) y ha firmado la mejor fase de clasificación previa a una gran cita internacional. Y todo sin renunciar a unas señas de identidad tan reconocibles como admirables.
Del Bosque ha perfeccionado lo que de por sí era ejemplar, así que no hay motivos para sospechar de un equipo en el que los tortazos aparecerán para entrar en una lista de 23 para la que ahora mismo sobran unos cuantos candidatos. Incluso, y en un alarde olvidado, Del Bosque se ha reencontrado con los extremos, algo que en su día Aragonés tuvo que descartar.
Si lo mejor que puede decirse de un grupo es que sabe elegir la forma de perder, la selección española ya ha puesto sobre la mesa su apuesta; en realidad, es un modo de ganar, un estilo inconfundible que puede ser agradecido incluso en la derrota.
Fracasar es perder como lo hizo Argentina la semana pasada en el Vicente Calderón, con malos modos y apelando a un fútbol áspero e insoportable. El fútbol español ya no entendería a su selección sin el sello de los Xavi, Iniesta, Cesc, Silva y compañía, aunque ganaran. El triunfo es el estilo; y ahí, con el permiso de Brasil, el fracaso es improbable.