Roger Federer rompió a llorar cuando se dirigió al público tras recoger su trofeo y la escena emocionó a Toni Nadal, que tampoco pudo evitar las lágrimas
02 feb 2009 . Actualizado a las 02:00 h.Fue como ver un gran velero hundiéndose en un mar manso. Roger Federer se derrumbó en Australia. Lloró amargamente su derrota como nunca antes lo había hecho. Otro reino perdido. Lo delataban sus ojos. Primero fue la tierra. Después la hierba. Ahora, la pista dura. Antes Wimbledon era suyo. Ya no. Como Australia. Y no fueron las únicas lágrimas en el Rod Laver Arena. Toni Nadal, entrenador del campeón, también se vino abajo al recordar el abatimiento de Federer. «Me sabe mal por él, yo lo admiro mucho», aseguró.
El partido había finalizado. Comenzaba la entrega de trofeos. El suizo se acercó al micrófono para despedirse. Esbozó la protocolaria sonrisa del buen perdedor y saludó al público: «¡Hola, chicos!». Continuó: «Gracias por vuestro apoyo, ha sido increíble». Gritos de ánimo rasgaron el calor de Melbourne. Federer miró al suelo, resopló sin disimulo. Meneó la cabeza. Jugó con un papel que sostenía en su mano derecha y hasta se abanicó con él para decir: «Quizás lo intente más tarde. Dios, esto me está matando». Fue entonces cuando se llevó la mano a la frente, clavó otra vez su mirada en el suelo y comenzó a sollozar como un niño. Durante unos instantes, el corazón del gran Rod Laver Arena se encogió y después se expandió en aplausos. Los aplausos alimentaban el llanto y el llanto alimentaba los aplausos. Ya no podía seguir. Se apartó del micrófono. Mirka, su novia, observaba la escena con tristeza. Más aplausos. Como los de Nadal, en cuya cara se asomó entonces más la culpabilidad que la alegría.
Las lágrimas de Federer variaron el guión. Nadal recogió su trofeo y lo levantó sin excesos. Después, rodeó a Federer con su brazo. El suizo logró acumular fuerzas para retomar su discurso. «Hola otra vez», bromeó con amargura. Quiso intervenir porque consideró que el campeón es el que siempre se merece decir la última palabra. «Rafa, muchas felicidades. Te lo mereces. Jugaste otra final fantástica», dijo.
Pero, al agradecer la presencia de Rod Laver, Tony Roche, John Newcombe y Ken Roseall y Andrés Gimeno, «de las leyendas» reunidas por el Open de Australia, volvió a hundirse. Allí se cerraba momentáneamente para Federer la puerta del récord de Pete Sampras. Y se abría la de Nadal para alcanzar la gesta del gran Laver, el grand slam .
No era la primera vez que Federer perdía una gran final con Nadal. Seguramente tampoco será la última. De ahí las lágrimas. Porque caer ante el jugador español ya no puede considerarse una excepción, ya que ha convertido en la norma. Porque Federer siente que Nadal es su Némesis en todas y cada una de las superficies. Y que mantener el rango de leyenda con el mallorquín de por medio tiene un precio físico y psicológico muy alto.
Casi invencible
El helvético, considerado por muchos el mejor tenista de la historia, estalló abrumado por el peso de sus propias exigencias. Y por la nostalgia de triunfos anteriores, de aquella época en la que era invencible. O casi invencible.
Federer se despidió con un: «¡Gracias. Nos vemos el año que viene!». Y dejó paso al campeón, a Nadal. El jugador, elegante y contenido dentro de lo que le permitía la situación, regresó al segundo plano y siguió rumiando todavía sus lágrimas ya sin ningún disimulo.
«Rog, lo siento»
«Rog, lo siento por lo de hoy», acertó a decir Nadal, asfixiado a su vez por la tristeza de su rival. Federer mezcló por un momento en su rostro el llanto y la risa. «Sé cómo te sientes, de verdad. Pero eres uno de los mejores jugadores de la historia y vas a mejorar los 14 torneos de grand slam de Sampras. Es un gran honor enfrentarme a ti, como siempre», continuó el jugador español. Y Federer siguió llorando.