«Pocos dudamos en Abegondo de que Fabricio es el portero del futuro del Deportivo». La afirmación, pronunciada por uno de los entrenadores de base del club y ratificada por otros, revela la confianza que despiertan las cualidades del joven guardameta canario entre los técnicos del equipo coruñés. Fabricio Agosto Ramírez (Las Palmas, 31 de diciembre de 1987) defenderá, en principio, la portería del primer equipo en el partido de Liga de mañana en Villarreal. El jugador viste la camiseta blanquiazul en virtud del convenio de colaboración suscrito con el Vecindario, por el que en el verano del 2005 reforzó la cantera deportivista junto a otras tres perlas canarias, su compañero Aridane, quien actualmente milita en el Fabril, Óscar Sánchez, que regresó a las islas el año pasado, y Luis Ángel, ahora en las filas del juvenil de División de Honor.
Futbolista frío y sobrio, muy seguro en el juego aéreo (mide 185 centímetros) y con los pies, alcanza la oportunidad dorada de la Primera División después de temporada y media de éxitos en el Fabril. Sus guantes guardan, sin duda, alguna de las claves de un equipo que en la temporada de su regreso a Segunda B apenas ha encajado siete goles en 19 jornadas. «Las cosas me están saliendo bien este año. Quizá se acerquen menos los rivales y creen menos ocasiones, lo que habla del buen trabajo que están haciendo los defensas del Fabril. No me veo el mejor de la categoría», declaraba en una entrevista a La Voz.
Poco hablador, dicen quienes lo conocen que su carácter se parece al del también portero ex deportivista José Molina. Una anécdota, además, los une. Sucedió pocas semanas después de su llegada a A Coruña. Debido a un asunto personal, Molina no pudo asistir al entrenamiento en el que la plantilla posó para la fotografía oficial de la temporada. Y el míster, Joaquín Caparrós, decidió que fuese Fabricio quien sustituyese al meta valenciano en esa foto y después realizase el entrenamiento con el resto del equipo.
El técnico utrerano quería tenerlo desde el principio bajo su supervisión. No dudó en llevárselo a la concentración de Isla Canela, junto a otras perlas de la cantera deportivista como David Rochela, Juan Domínguez, Marcos Caridad y Pablo López Rivadulla, y de su mano debutó con el Deportivo en varios amistosos de pretemporada. Esta temporada, a las órdenes de Miguel Ángel Lotina, el guardameta canario volvió a disputar nuevos encuentros estivales.
Pese a todo, los inicios de Fabricio no resultaron fáciles. En sus primeros entrenamientos se rompió la tibia y se pasó más de cinco meses con la pierna escayolada. En virtud del convenio suscrito entre el Deportivo y el Vecindario, si disputa cinco partidos oficiales con el primer equipo, el club coruñés tendrá que abonar una compensación económica al equipo de su niñez. «No se trata de una cantidad muy significativa. En caso de que se produjera un traspaso sí que hablaríamos de una más importante», asegura el vicepresidente del club canario y responsable de la base, Roberto Rodríguez, quien revela que la trayectoria del jugador no ha pasado desapercibida para muchos equipos: «Conocemos el interés de varios, sabemos que al Sevilla le gusta, el año pasado sonó el Liverpool... No me extraña. Cuando estaba aquí ya sabíamos que iba a ser un jugador relevante tanto por sus condiciones físicas como mentales».
Su ídolo, Buffon
Aridane, su compañero en el Fabril con el que comparte vestuario desde benjamines, señala que siempre se comportó muy maduro para su edad. «Nunca quiso ser otra cosa que portero, veía los partidos y solo se fijaba en los porteros. Su ídolo de siempre es Buffon», explica. Rodríguez, que además fue su entrenador en alevines, recuerda una anécdota del novel guardameta deportivista: «Vivía en un barrio de aquí y, como su madre trabajaba, yo le recogía junto a otros compañeros para ir a entrenar. No recuerdo si fue cuando era infantil de segundo año o cadete de primero tuvo sus diferencias con el entrenador y llegó a dejar el fútbol. Se dedicó al baloncesto y, según me contaban, tenía unas condiciones enormes. Su madre vino entonces a verme y, como sabía lo que le gustaba de verdad a su hijo y que este me apreciaba, me pidió que hablara con él y le convenciera de que volviese a jugar al fútbol, y a la temporada siguiente ya jugó de nuevo con nosotros».
En opinión de Quique Santana, otro de sus entrenadores en la base del Vecindario, «era un chico rebelde, que quería ser portero desde el primer día, era como su vocación, nunca le dio por probar siquiera en otro puesto».