El Barça abre una época

José M. Fernández

DEPORTES

Sufrió para conquistar su segunda Liga de Campeones frente a un Arsenal que se adelantó con un gol de Campbell en la primera parte.

18 may 2006 . Actualizado a las 07:00 h.

El Barcelona consolida el modelo. En París prolongó a Europa el dominio que ha ejercido en la competición doméstica durante los dos últimos años. Una prueba de madurez: porque se sobrepuso a su incuestionable condición de favorito, algo a lo que se había hecho acreedor con su excepcional campaña, en la que había dejado en el camino al Chelsea y Milan; porque gracias a una genialidad de Ronaldinho conquistó el derecho a jugar durante más de una hora con un hombre más; y porque realizó un esfuerzo supremo para remontar un gol de Campbell frente a un rival que no había encajado ningún tanto en sus últimos diez partidos en la Liga de Campeones. Pero ni siquiera en esas circunstancias el camino a la gloria es fácil. El Barcelona encontró la vía en apenas cuatros minutos, a sólo un cuarto de hora del final, conquistó de nuevo, catorce años después, el trono europeo. Entonces, en 1992, era prácticamente el ocaso del dream team. Ahora, todo indica que el Barça ha levantado la veda para prolongar su dominio durante unos cuantos años. Una final. A Wenger y a Rijkaard les dio el habitual ataque de entrenador de las grandes citas. El Barcelona renunció a Iniesta por el tosco Van Bommel. Mal asunto. Frente a un rival que deja la iniciativa no parecía la opción más inteligente olvidarse en el banquillo al mejor pelotero. También el Arsenal varió su once habitual al colocar a Pires en el lugar de Reyes. Las cartas boca arriba. Los británicos aceptaron su papel de víctimas frente al verdugo del Chelsea y del Milan; el Barça acentuaba el pragmatismo con el que superó los cuartos y la semifinal. Brillante Valdés Casi todo se va al traste en apenas cinco minutos, pero Víctor Valdés, excepcional durante toda la noche, salvó a su equipo en un mano a mano a Henry para, segundos después, exhibirse en un gran disparo del francés. A partir de ahí, Ronaldinho se adueñó de la final. Cada aparición del brasileño era un regalo que sus compañeros desaprovechaban, hasta que en el minuto 20, Eto?o, hasta entonces pegado a la banda, se va directo hacia Lehman. El guardameta alemán lo derriba al borde del área y el balón acaba en la red, pero el colegiado decide ser políticamente correcto, y equivocarse al no conceder la ley de la ventaja. Debió de considerar que la justa expulsión de Lehman era suficiente castigo. Curioso, contra diez, el Barcelona sufrió más. Entró en la precipitación frente a un Arsenal obligadamente encogido y dispuesto a sufrir durante 70 minutos el acoso del mayor caudal ofensivo del fútbol europeo. Una situación que se acentuó cuando una inexistente falta de Puyol a Eboué acabó con un majestuoso remate de cabeza a la red de Campbell. La estrategia obligaba a remar a contracorriente a un conjunto azulgrana que carecía de la frescura de la primera mitad de la temporada. Algo no funcionaba: un centro del campo demasiado atascado y escasa profundidad en las bandas. Sólo Ronaldinho y su fantasía parecían capaces de tumbar a un Arsenal rebosante de juventud y velocidad. Cruel como tantas veces, el partido castigaba al mejor, al único equipo que nunca ha renunciado al fútbol, aunque últimamente haya fortalecido su sistema defensivo. En su único disparo desde que jugaba con diez, el Arsenal se adelantaba en el marcador. Con el tanteo en contra, a Rijkaard no le quedó más remedio que volver a la senda que le ha dado el triunfo durante toda la temporada. Así, Iniesta, Larsson y Belletti fueron apareciendo a medida que al Arsenal se le esfumaban las fuerzas. Como al principio, Valdés amargaba la noche a Henry y a Ljungberg. Con Iniesta, el Barcelona recuperó la sensatez y la pausa; con Larsson, el veneno en los últimos metros; con Belletti, un atacante más por los costados y un ocasional goleador. Un pase del joven centrocampista lo acarició con delicadeza el sueco para que Samuel Eto?o batiera a Almunia. Tocado. Cuatro minutos después, Larsson, de nuevo, escondía un balón para cedérselo amablemente a un Belletti que se encontró con la fortuna de que su remate golpeó a Almunia antes de introducirse mansamente en la red. Era el 2-1. El inicio de una época.