El entrenador del Chelsea ha dado constantes muestras de un comportamiento exagerado que algunos atribuyen a la autoprotección y el resto a la mala educación
09 mar 2005 . Actualizado a las 06:00 h.Fue el mejor entrenador del mundo en el año 2004, lo ha ganado todo en Portugal y casi todo en Europa. Este año, va camino de hacer lo mismo en Inglaterra. Y su Chelsea está en los cuartos de final de la Champions. Sin embargo, José Mario dos Santos Mourinho (Setúbal, Portugal, 1963) sea probablemente el entrenador más odiado del momento por su reciente tendencia a la exageración y al exhibicionismo público. Dejando a un lado la tendencia a denostar al que triunfa, el comportamiento de Mourinho desde que comenzó a tocar el éxito es definido por unos como una provocación y utilizado por todos como disculpa. El resto, los menos, consideran que el técnico luso sólo está representando un papel de malo para proteger su trabajo y el de sus futbolistas. Sea como fuere, la eliminatoria de la Liga de Campeones ante el Barcelona (resuelta a su favor por un marcador global de cinco goles a cuatro) regaló varios ejemplos del modus operandi del nuevo Mourinho, que no se parece ni por asomo al traductor de Bobby Robson en el Barcelona. Ataviado con su abrigo fetiche, quedarán para el recuerdo sus constantes gestos teledirigidos y que rozaron la falta de respeto. Pero, sobre todo, no se olvidará la querencia del luso a la polémica. En los últimos quince días, a Mourinho le ha dado tiempo a apostar que no perdería en Barcelona, a despreciar un ofrecimiento para entrenar en el Mini Stadi y preferir hacerlo a puerta cerrada, a adelantar una alineación falsa y a plantar a la prensa dos veces. Presión ficticia También fue en estas dos semanas en las que el timonel del Chelsea acusó a Rijkaard de haber entrado en el vestuario del colegiado Anders Frisk para presionarle. «Me encontré con el árbitro y le amenacé con denunciarle a la UEFA, pero me respondió que sería mi palabra contra la suya», relató el luso. Todo quedó en nada, a pesar de que Mourinho pidió a Frisk para dirigir el duelo de vuelta, cargó contra la UEFA y dijo que tenía la intuición de que pitaría Collina. Y pitó. Para redondear su actuación, Mourinho discutió con un periodista que le recordó su pasado como intérprete. «Han pasado nueve años desde aquello y yo he cambiado mucho pero, por ejemplo, usted no ha cambiado nada y es exactamente lo mismo», le espetó. José Mourinho llegaba al duelo con el Barça tras unos días complicados debido a una pequeña crisis de resultados que se saldó con una derrota en Liga y la eliminación de la Copa de Inglaterra a manos del Newcastle. La prensa inglesa le puso en entredicho y él se tomó la revancha en la final de la Copa de la Liga, ante el Liverpool de Benítez. El Chelsea terminó ganando con apuros (3-2), pero Mourinho fue expulsado por mandar callar al público llevándose el dedo índice a los labios. Sólo abandonó el campo escoltado por un policía y después explicó que el gesto iba dirigido a la prensa. «No lo lamento», dijo. Pero no fue sancionado por la Federación Inglesa (FA). La FA sí lo castigó tras acusar a Alex Ferguson de haber presionado al árbitro Neil Barry en el descanso de la ida de las semifinales de la Copa de la Liga inglesa, episodio idéntico al protagonizado en Barcelona. Tampoco en los despachos se libra Mourinho de la controversia. Fue acusado de negociar el fichaje del lateral del Arsenal Ashley Cole con contrato en vigor. «Me da igual. Soy entrenador, no abogado», dijo entonces. La situación ha llegado a tal punto que su mentor, Bobby Robson le ha pedido humildad y que aprenda a perder.