España alcanza su primera final

Leontxo García RADES

DEPORTES

MOHAMED HAMMI

Superó a la anfitriona Túnez y hoy se rifará la medalla de oro ante Croacia.

05 feb 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

España tiene por fin su primera medalla en un Mundial, tras rozarla en las cuatro últimas ediciones. Pero tuvo que arrancarla en un ambiente infernal de las manos del anfitrión, apoyado por 12.000 entusiastas enardecidos, con el marcador igualado a falta de 15 minutos. La selección de Pastor luchará hoy por el oro (17:30 horas, La2) contra Croacia, verdugo de Francia. La serenidad impuesta por el seleccionador, Juan Carlos Pastor, fue tan importante como los paradones de Barrufet, el acierto de los artilleros Iker y Garralda, y el buen tono general en defensa y ataque. Pero la fórmula de Pastor para este duelo vital se completaba con otros dos elementos: humildad ante un equipo bastante mejor que el de los Juegos de Sídney, donde ya hizo sufrir a España (24-22), y ambición para lograr de una vez esa medalla que parecía ligada a un maleficio. Esas tres virtudes se apreciaron durante casi todo el partido en los hombres de Pastor, quien además acertó al adaptar el polémico sistema táctico que lleva su nombre, y que en defensa se resume en «amagar el choque y replegarse», a las peculiaridades del partido, y sobre todo a un portento físico, Hmam, a quien los amagos le importan un pimiento porque le basta un palmo para elevarse y lanzar un trallazo a cualquier ángulo. De modo que Pastor le puso encima a Hernández y, si bien Hmam logró ocho goles, también falló otros tantos tiros. El problema surgió entonces desde el zurdo Busnina, otro de los tunecinos cotizados. Convirtió en gol siete de sus ocho primeros lanzamientos, a pesar de la buena labor de Barrufet. Una vez más, el sistema Pastor estaba ante una dura prueba: chocar también con el otro cañonero o dejarle lanzar, a cambio de sujetar bien al peligroso pivote Tej y de reducir el número de exclusiones. El seleccionador optó por lo segundo, facilitando así la casi impecable labor de dos árbitros suecos que dieron un ejemplo de honradez cuando el ambiente invitaba a lo contrario, sobre todo teniendo en cuenta que sus colegas habían ayudado claramente a Túnez en partidos anteriores de este Mundial. Por un momento, pareció que el pase de España a la final iba a ser relativamente fácil: tras el arreón del final de la primera mitad (18-16 para España), los hombres de Pastor reanudaron la batalla con una defensa bastante más consistente, pero fallaron cuatro lanzamientos consecutivos, desperdiciando así una oportunidad magnífica para silenciar a los 12.000, que también jugaban. Ocurrió justo lo contrario: Túnez se creció, empató y amenazó con plantarse invicta en la final de su Mundial. Pero justo entonces, bajo el factor permanente de los paradones de Barrufet, surgió de nuevo el hombre idóneo para situaciones así: Iker Romero, irregular donde los haya pero poseedor de la rara virtud de rendir mejor cuanto mayor sea la presión y la responsabilidad. Él, con la principal ayuda del capitán Garralda, otro paradigma del ardor guerrero, protagonizó jugadas letales que terminaban en certeros cañonazos de ambos o en precisos pases. Y así, con esa trilogía de humildad, serenidad y ambición formulada por Pastor, los 12.000 de marras vieron cómo sus voluntariosos jugadores se iban apagando porque España no se arrugó cuando sí lo hicieron otros grandes equipos de este Mundial, como Dinamarca y Rusia, arrolladas por Túnez, o Francia, que sólo pudo empatar. Ciertamente, España ha tenido esa pizca de suerte que le faltó en las cuatro ediciones anteriores.