Reportaje | Hicham El Guerrouj | Después de la caída de Atlanta y del pinchazo de Sídney, El Guerrouj ve como una inoportuna afección pone en peligro el oro que todavía se le resiste en unos juegos
06 jul 2004 . Actualizado a las 07:00 h.La maldición de los juegos olímpicos acecha de nuevo a Hicham El Guerrouj. El rey absoluto de los 1.500 metros, ganador de casi todo, ve como un nuevo contratiempo se cruza en su oro olímpico. Se cayó en Atlanta, le pudo la presión en la última recta en Sídney y ahora una inoportuna enfermedad respiratoria hace peligrar su tercera, y quizás, última intentona en la relevante distancia. En Pekín se pasará al 5.000 para batirse en duelo con Bekele. Resulta difícil de entender. Desde que en 1994 irrumpiera en escena en Niza para dejar a todo el mundo con la boca abierta, el marroquí lo ha ganado todo fuera del estadio olímpico. Le avalan siete títulos mundiales y cinco récords de mundo adornados con 80 victorias en 84 participaciones. Sin embargo, la plata ha sido el único premio al abrigo de la llama olímpica. Le pudo una caída en Atlanta y la presión en Australia. Todo comenzó en Estados Unidos ocho años atrás. Hachim era el indiscutible favorito para colgarse el oro, pero no contaba con una zancadilla del destino. Una inoportuna caída dejó el camino expedito para que Noureddine Morceli, su gran adversario entonces y con quien estaba librando la batalla definitiva, le arrebatase el triunfo. El marroquí se tuvo que conformar con ser el décimosegundo clasificado. Pensamiento Desde aquel momento, no sólo ganó cuantas carreras salieron a su encuentro, sino que se centró en exclusiva en recuperar el oro perdido. Tanta era su obsesión que una foto de la caída se convirtió en la pieza decorativa de su dormitorio. Se levantaba cada mañana con la imagen. ¿Masoquismo? Según los entendidos, terapia positiva. Era su manera de motivarse para entrenar duro. Pero por encima de los efectos psicológicos, está el sacrificio. El Guerrouj vive en un palacete en Ifrane (Marruecos), rodeado de sirvientes y con el entrenamiento como esfuerzo único, pero a 2.500 metros de altitud, para redoblar el esfuerzo . Con la foto y con el esfuerzo de cuatro años viajó a Australia, pero la presión saco billete en la misma mochila. Superó sin dificultad la semifinal, pero en la cámara de llamadas, el día de la final de los 1.500, estaba nervioso. Se pasó los 40 minutos previos a la prueba sentándose, levantándose y abrazándose a todos sus compañeros de viaje. Sin embargo, y quizás ayudados por los efectos de su liebre esos nervios no aparecieron hasta la última recta en la pista. Aún con un ritmo menor para él (3.32) el rey se quedó clavado y el keniata Noah Ngeny le relegó a una plata con evidente sabor a fracaso. Y desde entonces ha vuelto a ganar y ganar. Tanto que hasta fue capaz de vencer en París al local, de origen argelino, Baala y con una carrera lenta. Ni victorias tan meritorias le sirvieron para esconder el estigma de Atlanta y Sídney. Se ha pasado otros cuatro años espartanos esperando el momento, y la antesala del gran día pinta fea. Una afección respiratoria le persigue desde principios de año sin que el tratamiento -a base de corticoides y antihistamínicos- consiga atajar el problema. Al contrario. La pista dice que va a peor y que por primera vez en toda su trayectoria deportiva tiene a un contrario por delante en los últimos 100 metros. En Zaragoza ganó con unos pobres (3.36.46) adueciendo que apenas había podido pegar ojo por mor de su reciente paternidad. En Roma volvió a sentir el amargo sabor de la derrota. Al día siguiente proclamó al mundo su inquietud y lanzó el órdago. O baja de los 3.29 en la reunión prevista para el 6 de agosto en Zúrich o no acudirá a Atenas. «Si voy será con la mejor marca mundial y por debajo de 3.29.00. Tomaré mi decisión después de Zúrich». Acudir al recinto ateniense como comparsa, con una discreta marca, sería un triste colofón para el mejor medio fondista de todos los tiempos. El hombre que puso su empeño en destronar a Said Aouita la otra gran estrella del atletismo marroquí. Algo que sólo podrá conseguir con un oro olímpico que por el momento está en el aire.