Grecia pone fin a una época

M. Ferreiro REDACCIÓN

DEPORTES

La selección helena hace historia al dejar fuera a Francia y meterse en semifinales. El campeón certifica su declive con una actuación gris y una justa eliminación

25 jun 2004 . Actualizado a las 07:00 h.

Es el final de una época. La de Francia. El conjunto galo certificó ayer que su ciclo glorioso se ha acabado. Tras su fracaso en el último Mundial, los bleus también abandonan con justicia la Eurocopa por la puerta de atrás derrotados por Grecia, definitivamente la gran revelación del torneo. El equipo de Jacques Santini cayó víctima de sí mismo, de su apatía, de su falta de ideas, de su incapacidad para proponer alternativas a la presión griega. La alineación de Dacourt y Makelele fue toda una declaración de intenciones. El centro del campo galo desechaba así cualquier intento de creación con una pareja de jugadores concebida para destruir y para ceder el balón con premura a la estrella más cercana sin ninguna ambición ofensiva. Los dos parecían repelidos por el área contraria. La tragedia la completaban un Pires desaparecido y un Zidane intermitente e impreciso. Los franceses añoraron ayer aquellas aportaciones de Blanc y Deschamps, que con su salida de balón engrasaban la máquina para que otros brillaran. Faltos de profundidad y de recursos en ataque parecían confiar más en la suerte que en el juego, en que el peso de la historia impusiera su lógica para darle el triunfo ante un rival técnicamente muy inferior. No sólo fue decepcionante su juego, sino también su actitud, muy fría y totalmente censurable después de la intensidad y la entrega derrochada en el primer encuentro de cuartos por Inglaterra y Portugal. Mientras Francia esperaba, Grecia, más que crecer, resistía y erosionaba a su rival con su incansable trabajo. Los helenos exhibieron sacrificio y voluntad y demostraron que su victoria ante Portugal no fue una casualidad, un simple tropezón del anfitrión en su primer partido. Los griegos se fueron asentando en el campo poco a poco, alentados por la inoperancia de los galos. Y, en la primera parte, fueron mejores y disfrutaron de ocasiones más claras que sus contrincantes. Porque el cuadro de Otto Rehhagel dio una imagen distinta a la mostrada ante España, menos encerrado atrás y con más peligro al contraataque. Francia parecía aguardar ese chispazo de genialidad (Zidane o Henry) y una pizca de fortuna hicieran cumplir los pronósticos. Sólo Lizarazu aportaba mordiente y creaba peligro gracias a su velocidad, una excepción en un equipo por momentos extraordinariamente lento. En el segundo tiempo la supuesta reacción gala no llegó. El combinado de Santini funcionaba a impulsos. Y quizás cuando se vislumbraba el despertar francés, Grecia encontró premio a su constancia. Zagorakis, el capitán, avanzó por la banda derecha, superó a Lizarazu con un sombrero y, con su centro, le sirvió el gol a Charisteas. Después llegaron las prisas de Santini, los cambios, los disparos de Henry. Demasiado tarde y sin convicción. Francia, a pesar de su fiasco en el Mundial del 2000, a pesar de la veteranía de algunos de sus jugadores claves, a pesar del adiós de algunas de sus piezas fundamentales, creyó que sobreviviría. Porque pensaba que, a pesar de todo, siempre le quedaría Zidane. Y se equivocó. Nada es eterno. Ni siquiera el campeón.