Iván Raña consigue la plata en el Mundial de Funchal tras ser superado al esprint por el neozelandés Bevan Docherty
09 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.Tras 1.500 metros de natación, 36 kilómetros de ciclismo y diez de carrera bajo un sol implacable, perder el oro al esprint es tan frustrante como épico. Fue así como Iván Raña sucumbió en Funchal ante el poderoso final del neozelandés Bevan Docherty, el nuevo campeón del Mundo. Raña repite la plata de Queenstown y se permite un lujo reservado a muy pocos: decepcionarse por no alcanzar el oro. En realidad, una reacción reservada a los que utilizan la adrenalina de la alta competición como combustible. Con la lucha por los pasaportes olímpicos en plena ebullición, el Mundial de Madeira prometía emociones fuertes y no decepcionó. Se notaban mil intrigas y estrategias en el aire, los participantes eran un manojo de nervios y eso quedó claro desde el primer momento de la competición. Desde el arranque de la natación. Los organizadores no supieron darle marcha atrás a una salida mala y la competición comenzó así, con sorpresa, incertidumbre y muchos empujones. En estas circunstancias, Raña y Javier Gomez Noya sufrieron mucho en el agua. Su salida fue mala, no invitaba al optimismo. Primera criba Pero los gallegos sobrevivieron a la primera gran criba y se metieron en el gran grupo de cabeza. Un paquete numeroso y repleto de favoritos. Una cabeza nerviosa que se movía como si recibiera descargas eléctricas y en la que estaban Iván Raña, Javier Gómez Noya, Llobet y Merchán. Destacaba la ausencia imprevista de los hermanos Llanos, los primeros españoles en descolgarse de un posible triunfo. En el tramo inicial, Llobet tiró, intentó mantener controlados a los corredores, trabajando para Raña. Pero el grupo era un hervidero que se agitaba cada una de las ocho veces que subieron el repecho de la prueba. Los ataques se sucedían y no estaban protagonizados por simples aventureros o incautos. El australiano Greg Bennett, número uno del ránking mundial, intentó marcharse en más de una ocasión. Y Raña tuvo que apretar los dientes y gastar unas energías que añoraría un poco más tarde. Tras la locura de la bicicleta, llego la carrera pedestre. Docherty, Raña y el kazajo Dimitry Gaag impusieron su ley. Con el paquete completamente desgajado, la lucha de las medallas quedó pronto delimitada a estos tres triatletas. Pronto el oro se convirtió en una cuestión a decidir entre el gallego y el neozalendés. Gaag se abonó a la tercera plaza y, por detrás, Gómez Noya intentaba mantener un cuarto puesto que, por méritos deportivos, le garantizaría participar en los próximos Juegos Olímpicos. Inspección mutua A medida que se sucedían las vueltas por el largo paseo marítimo, la situación y el recorrido, totalmente llano, hacían crecer las sospechas de que la resolución del título podría producirse con un esprint. En principio, no era una mala opción para Raña, que en más de una ocasión ha rematado a sus contricantes con su extraordinario final. Docherty y él se vigilaron en los metros finales. Se sometieron a inspección mutua. El neozelandés arrancó y tuvo ese punto de fuerza extra, esa mezcla de fe y pontencia, para evitar que el ordense lo alcanzara. Gaag conservó la tercera plaza y se llevó el bronce. Detrás llegó un grupo en el que se incluía un Gomez Noya que descendía al octavo puesto debido a sus molestias en una pierna en el último tramo de la carrera. La clasificación provisional situaba séptimo al ferrolano, pero alguien había olvidado al neozelandés Hamish Carter, que se coló en el sexto lugar de manera tan sigilosa que pasó inadvertido. Raña cruzó la meta con el gesto agridulce que da saborear la plata tras haber tocado prácticamente el oro. Le dio un puñetazo al aire y tocó las palmas de rabia. Era la viva imagen de la frustración. Pero, gracias a este nuevo metal, el ordense ya ha logrado subirse a un podio de un Mundial en tres ocasiones consecutivas. Pero tiene hambre de triunfo. Y su próxima gran cita es Atenas. Más adrenalina. Más combustible... para el oro.