¿Rescatará el Cavaliere enmascarado a los clubes italianos del pozo negro financiero en el que se encuentran? Probablemente, ni lo sepa él mismo. Primero intentó, en un alarde de salvapatrias muy suyo, sacarse de la manga un decreto salvacalcio , pero Silvio Berlusconi, primer ministro italiano y propietario del Milan, se topó con la negativa de la Comisión Europea y hasta con un no de sus propios socios de coalición, el vicepresidente Fini y el ministro Maroni, que rechazaron de plano la intervención estatal. «Veo muy difícil encontrar una solución en breve», reconoció finalmente Berlusconi, que tuvo que ceder ante una rebelión de sus compañeros de viaje, que amenazaron con declarar un estado de crisis gubernamental. En crisis, pero de las gordas, se encuentran los clubes italianos, pendientes ayer noche del resultado de una summit futbolístico al que tenían previsto asistir los responsables de la Federación, las asociaciones de clubes, los sindicatos de jugadores y los entrenadores. En la mesa, un plan de choque para sanear su maltrecha economía: reducción de plantilla, rebaja de un 40 por ciento la ficha de los jugadores en caso de descenso y topes salariales. Aunque, en este último caso, a ver quién se atreve a sisarle un euro al buque insignia de la Roma, Francesco Totti. Los equipos de la capital, Roma y Lazio, simbolizan las penurias económicas que atraviesa el calcio, con deudas que rondan los 400 millones de euros. La periferia también sufre, vistas las cuentas del Ancona, Perugia y Chievo Verona, en Serie A; y Génova, Salernitana, Nápoles y Como, en Serie B. Pero si tiramos de hemeroteca, la situación no tiene nada de novedosa. La solución a la crisis actual pasa por un arreglo con los bancos, auspiciado por el propio Berlusconi, que no podrá sacar tajada de los bolsillos de los italianos de a pie para taponar el boquete que ha desangrado las arcas de los clubes. Estos, por su parte, podrían presentar mientras un recurso ante Hacienda para retrasar el problema, una tirita que no tardará en despegarse, y esperar que papá Estado y tía Banca les saquen las castañas del fuego. El plazo de inscripción para tomar parte en las competiciones europeas finaliza mañana y la ausencia de los equipos romanos podría devolver el caos a las calles de la capital. Basta recordar la demostración de poderío que llevaron a cabo los tifosi de la Lazio y la Roma en el pasado derbi, que obligo a suspender el partido y convirtió los alrededores del Olímpico en un campo de batalla. «El calcio en Italia es una obsesión y los ultras tienen mano libre», denunció el entrenador de la nacional inglesa, Goran Eriksson. «Estuve en Roma seis años y medio, he entrenado a ambos equipos, y conozco la atmósfera que los rodea. Los ultras no sólo invaden el campo para interrumpir un partido, sino también los entrenamientos. La situación es la misma, naturalmente, en otras muchas ciudades italianas». Ultras y deudas, una combinación peligrosa.