Un «rubiecito» muy peligroso

M. Ferreiro REDACCIÓN

DEPORTES

El ariete uruguayo es uno de esos jugadores picajosos que se motivan ante los ambientes hostiles y se convierten en una pesadilla para los defensas rivales

14 dic 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Diga Treinta y Tres en Málaga o en Uruguay. Nada que ver con el doctor. Habrá mencionado el lugar de nacimiento de un delantero. Su nombre, Debrai Darío Silva. El artificial rubiales del equipo de Joaquín Peiró. Un acumulador de goles, polémicas y cartulinas rojas. Un antídoto contra la discreción. Todo un carácter al contragolpe. Detrás de esta figura desafiante hay una niñez «linda», pero que transcurrió con lo justo, sin excesos. Y en el colegio también se esforzaba lo justo. Excepto en educación física. Intentó estudiar mecánica y electricidad, pero al final ganó el fútbol. Pero comenzó como lateral derecho, lejos de su destino. Tras recibir unos cuantos goles, fue acercándose al ataque. Paradojas del destino, jugó en el Defensor, antesala del Peñarol, donde sus tantos llamaron a la puerta del calcio. Y el Cagliari fue el paso intermedio entre Uruguay y España. Ha demostrado en el Espanyol y el Málaga que es un hombre sin complejos, que se expresa sin tapujos dentro y fuera del campo. Sus dardos también están en las palabras. Al madridista Guti le reservó los calificativos de «nenaza» y «maricón». No hubo ni arrepentimiento, ni rectificación. A pesar de que el mismísimo Boris Izaguirre le pidió que reconsiderara sus insultos «homófobos», además de manifestar que le extrañaba que los desaires procedieran de un futbolista al que consideraba «un ídolo gay». El uruguayo se mantuvo firme, pero agradeció con humor la etiqueta que le colocó el showman venezolano. La crispación es su salsa alimenticia. Confiesa que los silbidos, el ambiente hostil, incrementa su motivación. Pero a veces sus impulsos atraviesan la frontera de la legalidad. En la anterior campaña el Málaga decidió castigarle con una multa porque su actitud se traducía a menudo en expulsiones. Nada rentable para el equipo, sobre todo en cuestión de imagen. Él, consciente de sus excesos verbales, ha intentado vacunarse. Y ha sometido a los periodistas en alguna ocasión a las temidas e inútiles huelgas de declaraciones. Pero Darío Silva siempre ha vuelto a la carga. Con cualquier rival o incluso con el seleccionador uruguayo para el pasado Mundial, Víctor Púa, que tenía dudas sobre la convocatoria. El punta afirmó que iría a Japón «con o sin Púa». Y fue. Y sacó de quicio a Vieira. Pero el bravucón lloró como un niño cuando su combinado cayó eliminado. Entonces se quebró el Darío Silva altanero. Pero, lágrimas aparte, sigue siendo delanteros que ofrecen una propuesta radical al aficionado, un o lo tomas, o lo dejas. «Con 30 años no me cambia ni mi padre», sentenció. Bueno, quizás su esposa, que parece haber sido la inductora del look de este rubiecito , que dirían en tierra uruguaya.