Van Gaal, el lunar de un Barça que está eufórico

Pablo Gómez Cundíns
Pablo Gómez REDACCIÓN

DEPORTES

El público disfruta del momento, pero recela del técnico

14 nov 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Con la moral por las nubes, y a pesar de Van Gaal. Así llega el Barcelona a Riazor. El Deportivo se encontrará a un equipo pletórico, que lleva seis partidos sin perder (cinco victorias y un empate), pero que se muestra receloso de tener al enemigo en casa. El barcelonismo ya sabe cómo se las gasta el holandés pero, mientras, disfruta de uno de los pocos momentos positivos que le brinda el técnico. Terminar la primera fase de la Liga de Campeones con tantas victorias como partidos ha sido el espaldarazo que necesitaba el entrenador del Barça para sacar pecho delante de todos los que lo critican. Van Gaal sigue fiel a sus ideas. Forma parte de ese tipo de oscuros adiestradores de talentos que convierten a los futbolistas en funcionarios. El grupo por encima de cualquier individualidad, aunque eso signifique algún que otro grano con riesgo de infección (Riquelme, Valdés...) Riazor marca el inicio de la hora de la verdad para los catalanes. Tras dejarse ir en la Liga y en la Champions, el Deportivo, el Real Madrid y la Real Sociedad se encargarán de aclarar cuál es el potencial azulgrana en la segunda etapa de Van Gaal. Tras perder en Valladolid, el Barcelona ha ganado al Lokomotiv, Alavés, Brujas, Villarreal y Galatasaray, y sólo cedió un empate ante el Santander. La tranquilidad en Europa le ha permitido al holandés dar descanso a sus principales figuras, que llegarán a Riazor frescas como lechugas. El Barcelona es un gigante con porteros de barro que asusta cuando tiene el balón y se acerca al área rival. Su potencial ofensivo sólo es comparable a la inseguridad de sus líneas más retrasadas. Por eso, el público no se entusiasma con el equipo. Ante el Galatasaray sólo acudieron cuarenta mil personas al Nou Camp y la mayoría de los socios espera un tropiezo para silbar a Van Gaal, ahora protegido por los resultados. Riazor puede ser el purgatorio previo al infierno culé, o la llave de las puertas del cielo para un club con necesidad de títulos.