El primer Mundial asiático se recordará como el de los descubrimientos. Ahora, llegó el momento de la Hamburguesa Mecánica. Como en el encuentro inaugural había hecho Senegal, que humilló al campeón, Estados Unidos bailó ayer a Portugal, uno de los candidatos al título. Le marcó tres goles en 36 minutos, tarea para la que utilizó las mejores armas de su rival: velocidad, precisión y belleza. La embajadora del buen fútbol, que deslumbró en la última Eurocopa y no dudaba en compararse con la selección que en Inglaterra 66 lideró el mítico Eusebio, se quedó en eso, un sueño.
05 jun 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Tampoco sus estrellas respondieron. Figo sigue anclado en una apatía desesperante. El mejor jugador del mundo para la Fifa completó ante Estados Unidos su año sabático y ni siquiera disparó a la meta del marine Friedel. A su alrededor el panorama tampoco mejoró. Rui Costa, lesionado durante buena parte de la temporada, apenas tocó el balón y Sergio Conceiçao nunca encontró sentido a sus cabalgadas. Pero si las figuras desaparecieron, las relaciones entre Vítor Baia y su defensa ¿ayer formada por tres centrales: Beto, Fernando Couto y Jorge Costa¿ sirvieron de argumento para un desternillante sainete. A los tres minutos, ni el meta ni sus zagueros acertaron a despejar un saque de esquina, y el balón cayó a los pies del dinámico pivote del Ajax O¿Brien, quien sólo tuvo que empujar a la red. Segundo acto: Donovan, una estrella en ciernes, centró desde la derecha, el balón golpeó en la cabeza de Jorge Costa y se coló en la meta. Tercero y conclusión: nuevo hueco en la banda derecha y McBride ¿el más incisivo de su equipo¿ remató en plancha sin oposición. Nada hubieran argumentado los portugueses si el orondo árbitro ecuatoriano hubiese pitado en ese momento el final del partido. Porque el resto sobró. El rápido gol de Beto, otra verbena de rebotes, apenas significó diez minutos (los que faltaban hasta el descanso) de intentos infructuosos por superar la asfixiante presión norteamericana en el centro del campo. Pero lo peor estaba por llegar. En la segunda mitad, Portugal, presa de los nervios, renunció al toque y apeló a los balones bombeados como solución. Craso error, porque Pauleta ¿autor del centro que Agoos convirtió en el segundo tanto luso, un espejismo¿ se olvidó en el vestuario las razones de su pichichi en la Liga francesa.