Todo el planeta descubrió ayer a un astro africano de veintiún años La colonia pudo con el perfume. Senegal metió en un embrollo a su vieja metrópoli, que huele a fracaso sin el Chanel número 5 de Zidane. Los arrogantes franceses empezaron carcajeándose de su mala puntería (véase Trezeguet en el minuto 22 tras ametrallar el palo) y acabaron suspirando su desesperación. Descarrilar en el debut suele costar el adiós. Un estribillo de Los Secretos resume en qué situación quedan: «Estoy metido en un lío y no sé cómo voy a salir». Y menos, sin Zizou.
31 may 2002 . Actualizado a las 07:00 h.Desde el inicio, la cosa tuvo mala pinta para los galos. Senegal se atornilló atrás. Montó un par de líneas Maginot y dejó arriba a su dúo dinámico: Fadiga y Diouf. Merece capítulo aparte este joven, al que Desailly y Leboeuf no supieron domar. Petit, desesperado, intentó lesionarlo para zanjar el problemón. Pero ni así. Santo Job Francia cocinó el fútbol a fuego lento. A falta de San Zidane, se encomendó al Santo Job. Tocó y tocó , pero ni Djorkaeff ni el resto vieron por dónde pasar. Influyó, claro, que lo intentaran más por el centro que las bandas. Resulta significativo que la primera gran ocasión, allá por el minuto veinte, la generase un pase de Barthez a Trezeguet, que erró esa ocasión y, en otra posterior, se topó con el larguero. Así estaba el asunto cuando Diouf humilló a Lebouef, se fugó por la banda y dio un pase mortal. Lo que ocurrió después tiene más que ver con el billar y las carambolas que con el fútbol. El balón rebotó en Desailly, Petit y Barthez (siempre metido en estos líos rocambolescos) antes de llegar a Bouba Diop, quien la empujó. En el inicio de la segunda mitad, Francia vivió tres minutos de arrebato campeón en los que hiló hasta cuatro ocasiones. Apagado ese furor, Lemerre quitó el chándal al fogoso Dugarry. Es asombrosa la fe que los seleccionadores galos tienen en este tipo. Como los incendios no se apagan a salivazos, nada resolvió. Tampoco Cissé, pero cuando menos su presencia sirvió para corroborar que el campeón se medía a un clon, pues por allí andaba otro Cissé, pero vestido de blanco. Los franceses acabaron con cuatro delanteros sobre el césped, pero la solución estaba en el banquillo. Era Zidane, al que se le vio ejercer de raudo recogepelotas cuando a Francia le entró la urgencia y optó por la solución alemana : tirar centros al barullo del área. Dispusieron los campeones de una catarata de ocasiones, pero la fortuna quiso premiar el futuro del fútbol. Al final, 0-1 y la sensación de que, sin D¿Artagnan, los mosqueteros asustan menos.