El síndrome del rival débil

JUAN VILLAR VIGO

DEPORTES

CAPOTILLO

FÚTBOL / CELTA

13 ene 2002 . Actualizado a las 06:00 h.

Dos partidos en casa contra dos ¿peritas en dulce? y cuatro puntos que han volado. El Celta sigue en puestos de Champions League, pero a medio palmo de estar fuera de la zona europea ante la igualdad de la clasificación. Las manifestaciones ambiciosas efectuadas por varios jugadores a lo largo de la semana no han servido para nada porque no se han llevado al terreno de la práctica. El Celta realizó ayer uno de sus peores partidos de esta temporada. No hay mejor vara para medir la capacidad de superar la presión de la plantilla céltica que situar a tanta vaca sagrada como ayer en el banquillo. Víctor Fernández reservó nada menos que a Mostovoi, Gustavo López y Cáceres, que junto a Giovanella y Sylvinho formaban un banquillo de lujo. Como si estos espectadores de excepción ejerciesen un efecto losa sobre los compañeros que tenían la responsabilidad de superar en principio al Osasuna, el Celta tardó 24 minutos en dar señales de vida: justamente lo que tardó Vagner en inventarse el gol que abrió la lata navarra. Hasta ese instante no había presión ni movilidad entre los celestes, el Osasuna no ocultó sus intenciones de destruir y esperar su ocasión, todo lo cual se tradujo en apatía general. Fue el mencionado Vagner quien sacó del sopor a la parroquia con una acción personal dentro del área que le salió redonda. Fue el primer gol del brasileño esta temporada y llegó en el momento adecuado. Lejos de hacerse con el control del juego, la escuadra celeste siguió sin carburar. Los Jesuli, Edú o Karpin no encontraban su inspiración y ofensivamente no aparecían ni los detalles. El partido fue adquiriendo un tono lánguido. El Celta parecía no querer y el Osasuna no podía. Pocas veces un partido fue tan pobre en Balaídos. Y con una ventaja tan raquítica el riesgo era evidente. Hacía falta que alguna llama enriqueciese el fútbol y trajese alegría capaz de buscar el segundo gol de la tranquilidad. Para eso había un banquillo plagado de estrellas. Gustavo López fue el primer revulsivo potencial, cuando sustituyó a Jesuli a los ocho minutos del segundo tiempo. En ese momento el partido se volvió loco, pero no porque el Celta ganase impulso, sino porque el Osasuna se dio cuenta de que el resultado no le valía para nada y tenía que abrir filas. El primer aviso fue de Aloisi, que obligó a Cavallero a sacar una mano espectacular en un cabezazo no menos impresionante. Cambios sin efecto Segundo golpe de efecto: Mostovoi sale al campo en medio de la ovación general. Con el encuentro desbocado o llegaba el tanto céltico, o tocaba sufrir. Todo lo contrario: Cruchaga cabeceó un saque de esquina al fondo de la red y el fantasma de los débiles sobrevoló Balaídos. El Osasuna volvió a replegarse con urgencia. En el Celta llegaron las precipitaciones, que suelen ser malas consejeras. Mostovoi no tenía la varita mágica y Gustavo estuvo apagado. No apareció ni un golpe de fortuna.